Viernes, 24 de Enero 2020
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Trigo sin paja

Por: EL INFORMADOR

Temas para reflexionar

Uno de los múltiples organismos de las Naciones Unidas ha estimado que por lo menos la cuarta parte de la población de las ciudades latinoamericanas habita “asentamientos que escapan a las normas modernas de construcción urbana”, extenso eufemismo de los técnicos para designar los tugurios conocidos como favelas en Río de Janeiro, callampas en Santiago de Chile, jacales en México, barrios en Caracas y barriadas en Lima; villas miseria en Buenos Aires y cantegriles en Montevideo. Estas míseras viviendas brotan cada amanecer en los cinturones de las ciudades, donde se acumula la población marginal empujada por la miseria y la desesperanza. En ellas habita una legión de “multiusos”, porque hacen de todo. De cuando en cuando, mordisquean pequeños trabajos, o cumplen tareas sórdidas: son sirvientes, albañiles ocasionales, vendedores de cualquier cosa; ocasionales electricistas, pintores de paredes, mendigos, ladrones, cuidadores de autos, brazos disponibles para lo que venga. El sistema ha optado porque no sean vistos, por esconder la basura bajo la alfombra, lejos de la vista. Escamotean el espectáculo que el sistema produce. Son las vergüenzas que sonrojan, y por ende, deben encubrirse.

Todos los ciudadanos del mundo debíamos tener derecho de votar en las elecciones para presidente de los Estados Unidos, pues, sea quien sea el triunfador, querámoslo o no, sus decisiones afectarán nuestras vidas.

Los horrores de la vida diaria nos amedrentan y atemorizan, son alucinantes e hipnóticos. Sin embargo, de vez en cuando hay que hacer un esfuerzo para cancelar en nuestro espíritu esos poderes que nos subyugan; para darnos el merecido lujo de conocer, pasear y paladear el lado luminoso de la vida.

Palabra muy importante es ésta: “Yo”. En la gramática es la primera persona del singular. Con ella afirmamos nuestra individualidad. Pero más importante aún es la palabra “tu”; y mayor aún es la palabra “nosotros”. Sin el “nosotros” y el “tu”, no tiene sentido la palabra “yo”, pues yo no existo sin la presencia de mi semejante y de todos los que me rodean.

Quienes en su lenguaje habitual emplean palabras soeces, evidencian su regresión a las fuentes primarias del habla, y deberían sonrojarse por su puntual alejamiento de nuestro idioma tan rico en sinónimos.

Ya lo había profetizado Shakespeare: “La desgracia de estos tiempos es que los locos conducen a los ciegos”.

El derecho de propiedad y el derecho de herencia han permitido que las mujeres sean dueñas de nada; la organización de la familia las metió en la jaula del padre, el marido y el hijo varón. El hombre ha hecho durante siglos, todo lo posible por explotar y someter a la mujer, por vejarla y denigrarla.

FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com

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