Miércoles, 05 de Noviembre 2025

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Trigo sin paja

Por: EL INFORMADOR

Temas para reflexionar

Los peores criminales no tienen regeneración. Digan lo que digan los textos, los grandes maestros y los moralistas. O se aplica la pena de muerte o debemos resignarnos a tolerar calladamente todos los desmanes, todos los crímenes, todas las violaciones, todos los secuestros. La pena capital podrá ser juzgada como primitivismo y regresión histórica. De acuerdo. Pero que nos digan los teóricos: ¿De qué otra manera puede detenerse la locura homicida que vivimos? ¿Qué remedio proponen para poner un hasta aquí a tanta atrocidad de la delincuencia organizada? Son muy respetables los escrúpulos de quienes se atribulan por los derechos humanos de los criminales; pero frente a esos derechos están los derechos de tanta víctima indefensa y los de una colectividad aterrorizada que reclama se instaure la pena de muerte como legítima defensa de la sociedad. Aclaro: pena capital sólo para crímenes plenamente comprobados sin duda alguna, para evitar aprovechamientos políticos o venganzas personales. Tanto Platón como Santo T
omás de Aquino la justifican plenamente.

Las mejores pinturas de Ferrer Bassa, el Giotto catalán, están en las paredes del convento de Pedralbes, lugar de las piedras blancas en las alturas de Barcelona. Allí vivían, apartadas del mundo, las monjas de clausura. Quienes ingresaban al convento, era un viaje sin retorno: a sus espaldas se cerraba el portón, y se cerraba para nunca más abrirse. Sus familias habían pagado altas dotes para que ellas merecieran la gloria de ser por siempre esposas de Cristo. Dentro del convento, en la capilla de San Miguel, al pie de uno de los frescos de Ferrer Bassa, hay una frase que ha sobrevivido, como a escondidas, al paso de los siglos. La escribió una de las monjas que obligada o voluntariamente renunció a la vida. Está fechada en 1426 en números romanos. La frase casi no se nota. En letras góticas, en lengua catalana, la monja pedía y pide todavía: No m oblidi diga li a Joan (Dile a Juan que no me olvide).

En su libro “Campanas de la tarde”, el gran poeta de Lagos Francisco González León, que todavía vida tuvo por cárcel su botica, escribió este sentido poema: Olorosa a piano y a misal,/ en una mano llevaba un solfeo y en la otra un chal. / Una tarde lluviosa,/ sonriéndose, dio un giro veloz de mariposa; / y sus piernas, erguidas blancas rosas  / descubiertas al vuelo del vestido, / dejé mi amor prendido / como una colegiala ruborosa./ Nunca le hablé, / porque pensaba en ella / como pensó el Quijote en Dulcinea; / pero en las hojas de mi catecismo / escribía con grave misticismo / las letras de su nombre.../ Yo era un niño, y ella era una flor primaveral,/ con ojos de gacela, y aromada de piano y de misal.

La cocaína sigue siendo un gran negocio en el que los norteamericanos ponen la nariz y los mexicanos los muertos.

La vida se mide por su intensidad, no por su duración.

FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com

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