Jueves, 13 de Noviembre 2025

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Por: EL INFORMADOR

Trigo sin paja

Nadie pudo sospechar la peculiar evolución que tendría “la primera revolución posmoderna”, como la llamó Carlos Fuentes, ni la transformación del sub-comandante Marcos, el hombre de la máscara y de la pipa, en una estrella mediática internacional gracias al frenesí sensacionalista, ávido de exotismo, de los medios de comunicación y la irresponsable frivolidad de cierto progresismo occidental. Es el caso del universitario Rafael Guillén Vicente, entrenado en Cuba, donde, más que en la práctica militar, se afanó por conocer detalles de la vida y la persona del Ché Guevara, sobre el que, luego, se construirá una imagen clónica, aunque añadida de megalomanía publicitaria, algo que al sobrio revolucionario argentino siempre repugnó. Carecía de un programa mínimo de reformas, orfandad que compensaba con vagas y confusas reivindicaciones en defensa de la “identidad” indígena, que hacen delirar de entusiasmo a los multiculturalistas de las universidades norteamericanas y europeas, pero inservibles para ayudar en algo
las miserables condiciones de vida de los campesinos chiapanecos.

Es justa la indignación por la manera como los sucesos de Chiapas han sido deformados por los irredentos buscadores de Robin Hood tercermundistas, con quienes aplacar su mala conciencia y distraer el aburrimiento político que les producen las pedestres democracias, o saciar su sed de romanticismo revolucionario. Con el transcurso de los años, la megalomanía del sub-comandante Marcos ha quedado reducida a su justa dimensión: apoyador exhibicionista y demagogo de cuanta algarada tenga lugar en cualquier parte de nuestra atormentada geografía.

El final de un sexenio, el término de una función gubernamental, marca tiempos de endurecimiento y acomodos, cuando dan inicio las desbandadas y las traiciones, cuando la inconformidad se convierte en oposición, y ésta frecuentemente en insolencia.

Fue en las Olimpiadas de México en 1968. La bandera de las barras y las estrellas flamea triunfante en el mástil más alto, mientras vibran los acordes del himno de los Estados Unidos. Suben al podio los campeones olímpicos. En el momento culminante, Tommie Smith, medalla de oro, y John Carlos, medalla de plata, negros los dos, estadounidenses los dos, alzan sus puños cerrados en guantes negros contra el cielo de la noche. Esos puños alzados son símbolos del movimiento revolucionario “Panteras Negras”, que denuncian ante el mundo la humillación racial en los Estados Unidos. Tommie y John son inmediatamente expulsados de la Villa Olímpica. Nunca más podrán participar en ninguna competición deportiva. La esposa de Tommie se divorcia. La esposa de John se suicida. De regreso a su país, nadie da trabajo a estos negros rebeldes. John se las arregla como puede y Tommie, que ha conquistado 11 récords mundiales, lava coches a cambio de una propina. El país que mundialmente pregona e impone la democracia, así compensa
y enaltece a sus hijos.

Aristóteles definió al hombre como “animal político”, entre otras cosas para distinguirlo del político animal.

FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com

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