Viernes, 17 de Octubre 2025

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Sus Majestades, los diputados

Por: EL INFORMADOR

Advierte el diccionario de la Real Academia de la Lengua, que el término Majestad, cuando alude al título que se da a Dios, a emperadores o a reyes, debe escribirse con mayúscula. Se describe, con esa expresión, a los seres que se distinguen “por su grandeza, su superioridad o su autoridad sobre otros”.
Bien, pues ahí tienen ustedes que la Constitución Política del Estado de Jalisco reza, en su artículo segundo: “La soberanía del Estado reside esencial y originariamente en el pueblo, quien la ejerce por medio de los poderes estatales (…) El Estado de Jalisco adopta para su régimen interno, la forma de Gobierno republicano, democrático, representativo y popular”.
Hasta ahí las definiciones que están plasmadas en la letra de la Constitución de Jalisco. Hoy en día la realidad que se nos impone parece muy diferente. En uno de los tres poderes que constituyen el Estado, se ha venido consolidando una especie de supremacía que le ha permitido imponer, hacer y deshacer, al antojo de quienes detentan ese poder, por encima de la voluntad ciudadana, por encima de esa soberanía que, se dice, “reside esencial y originariamente en el pueblo”.
Se trata, desde luego, del Poder Legislativo. Los señores diputados que han pasado por el palacio de la avenida Hidalgo en los últimos tiempos, han exprimido las facultades que les da nuestro marco normativo para entrometerse, para disponer, para decidir a su libre arbitrio sobre organismos e instituciones que han sido conquistas ciudadanas ganadas a pulso y que ya forman parte de nuestro andamiaje institucional.
En arrebatos que suelen tener su origen en el más puro y simple apetito de poder, los diputados de las más recientes legislaturas jaliscienses han metido mano en la composición de los tribunales, se han repartido en cuotas partidistas las posiciones en los consejos e institutos electorales y han estirado el brazo de la rapiña hasta la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), como si se tratara de empresas bajo su gerencia y sostenidas con su propio peculio.
La semana pasada, sin sudar ni acongojarse, los legisladores (no olvidar que solía llamárseles “representantes populares”, expresión hoy en desuso) se aventaron dos numeritos consecutivos. Primero, por mandato judicial, debieron reinstalar a magistrados electorales que otros diputados habían destituido nomás por sus pistolas; luego se sacaron de la manga una convocatoria para renovar al Tribunal Electoral del Estado y, en menos de ocho horas, encontraron a los nuevos jurisconsultos que impartirán la ley en materia de comicios. Dos días después, remataron disolviendo al Instituto Electoral para repartirse las posiciones de consejeros a su gusto, amén de asignarse cuantiosos recursos públicos para los gastos de sus partidos.
¡Es el colmo de la impudicia! Las garras de los diputados han arrebatado casi todo lo que la ciudadanía ha construido; están haciendo añicos instituciones que deben ser representativas de la sociedad y fungir como contraloras y contrapesos de los poderes. Inclinémonos, pues, para rendir tributo a Sus Majestades, los señores diputados; en sus manos estamos hasta que terminen de saciar sus apetitos de poder a costa de nuestro dinero y de nuestros votos. ¡Ah!, y no olvidemos que luego querrán ocupar otro cargo público.

VÍCTOR E. WARIO / Periodista.
Correo electrónico: vwario@informador.com.mx

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