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Lunes, 24 de Septiembre 2018

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Significado revolucionario

Por: EL INFORMADOR


En términos sencillos, nuestra Revolución significó haber pasado de la dictadura personal de Porfirio Díaz a una “dictadura de partido”, originalmente dominada por militares hasta que se volvió la “dictadura perfecta” de una democracia simulada. El pleito entre caudillos se volvió la revolución institucionalizada del Partido Oficial-Estado-Gobierno, sostenida en la silla del águila. Ésta se quebró en el año 2000. Se rompió la brújula y se pulverizó en la partidocracia ineficaz la unidad de mando y dirección que antes tenía el país.

Aquel pleito empezó por una elección fallida el año 1910. De golpe de Estado, se alargó en una feroz guerra civil que al final se arropó como revolución para salvar cara a los triunfantes. Los años sangrientos mataron a la décima parte de los mexicanos. Lo que equivaldría a perder hoy más que la población conjunta de Jalisco, Colima, Nayarit, Aguascalientes y Zacatecas. Quedó ardorosamente afectada la mayor parte del país y nuestra historia se detuvo dando unos pasos en reversa.

Quitando el velo de la leyenda, se empieza a reconocer que nuestra Revolución y nuestra democracia no son equivalentes; porque en la democracia se acuerda intentar la fuerza contando cabezas, no quebrándolas. En ella, el poder se logra en los números de la mayoría. La minoría no cede convencida de estar equivocada sino reconociéndose menos en cantidad; pero no menos exigente de la calidad de sus derechos merecidos.

Quienes promulgan la paz doméstica en el marco de la libertad y el orden prefieren un Estado democrático por creerlo el más prometedor para ello. La democracia, por tanto, no es una institución revolucionaria, como algunos pretenden convencer. Al contrario, es precisamente el medio para prevenir las revoluciones y las guerras civiles. Provee un método pacificador para ajustar al Gobierno ante la voluntad de la mayoría en el marco del respeto a todos.

La mayor amenaza de nuestro Estado democrático es la fragmentación institucional ocasionada por la erosión de la política ante la inseguridad y la impunidad del crimen y la corrupción, debido a la ausencia de justicia y eficacia gubernamental. Cuando el Estado se acerca al precipicio, quienes gobiernan se ven forzados a escoger entre pelear o compartir el poder para encauzar el bien común de todos. O hacerse a un lado.

Nuestro pasado no abunda con grandes ejemplos de que hayamos podido resolver bien estos quehaceres. Quizás habrá qué buscar mejores alicientes en nuestro futuro.

Celebrar, entonces, no es lo mismo que conmemorar. Uno significa festejar reunidos, el otro recordar juntos. Ambos se refieren a un sentimiento común sobre una memoria compartida. Ambos buscan no dejar morir la evocación de alguien apreciado, de algún acontecimiento, de algún sueño. Mientras las celebraciones siempre son regocijantes y se anticipan con júbilo, las conmemoraciones pueden ser también serenas, prudentes, lamentos. Incluso punzantes, porque a veces mantienen la memoria de pérdidas irreparables o de lecciones dolorosas de un pasado en cuyo olvido peligra su repetición. Para los mexicanos, no es claro si el 20 de noviembre es uno o el otro. Si es motivo de alegría o sigilosa advertencia.

El significado de este día ha cambiado a través de nuestros distintos períodos políticos; ha sido un conveniente mito flexible cuyo valor consiste en adecuarse a la ocasión que se le da por parte de los celebrantes en turno. No así por los conmemorantes.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx

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