| Sesenta y tres años después Por: EL INFORMADOR 12 de agosto de 2008 - 23:00 hs Escribo estas líneas cercano al 6 de agosto, día en que se cumplen 63 años del lanzamiento de la primera bomba atómica por los norteamericanos, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Aquello fue como un anticipo del infierno. Tres días después lanzarían la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. El poder destructivo de estas bombas no tenía rival: caían, mataban, destruían y dejaban una dañina radioactividad que iba matando a aquéllos que fueron tocados por ella. Dos mil millones de dólares costó la primera bomba atómica. Era el arma secreta, de la que se había hablado mucho, como preámbulo de lo que iba a suceder. Todos los periódicos del mundo publicaron el hongo que se formó con el estallido, grande, maligno. Año tras año hemos recordado estas dos fechas —6 y 9 de agosto—, porque es necesario que no se olvide lo que puede hacer la sabiduría humana, aplicada al mal. Pero a medida que pasa el tiempo, la tensión de la tragedia de Hiroshima y Nagasaki va perdiendo líneas, se convierte en una nota casi insignificante y esto no está nada bien, se debe enseñar a los niños y jóvenes la barbaridad de la guerra, en especial la segunda mundial, que fue más cruel que otras, porque sabios y matemáticos idearon un medio más cruel de matar. Ahí tienen los sabios ahora una importante tarea: nos cuentan todos los días que dentro de unos años nos faltarán agua y alimentos. ¿Por qué no se dedican a resolver este problema? ¿Porqué no hay dinero? ¿Cuánto costó la Segunda Guerra Mundial en dinero y en hombres? ¿Y la de Iraq? ¿No se podría solucionar con esos dólares la hambruna de África? Al poder atómico se le debe el drama de las Tres Millas, la tragedia de Chernobil, otras de menos tamaño que lo tienen en silencio y, como ejemplo de la maldad bien estudiada, añadamos los de la Torres Gemelas de los Estados Unidos y la estación de Atocha de Madrid, además de esos locos kamikaces que se inmolan matando. Nunca olvidaré el relato que hizo un médico japonés de esta tragedia: Salió a su terraza a la hora en que el avión norteamericano llevaba la bomba atómica y la lanzó. Vio un resplandor inusitado y se dio cuenta de que le había desaparecido la ropa que llevaba puesta, el estallido de la bomba lo deshizo. También es inolvidable la silueta de una persona que quedó estampada en una tapia sin dejar más rastro. Este grave detalle creo que lo empleó Isaac Asimov al escribir un cuento del futuro. Llega a la Tierra un escuadrón de astronautas de otro planeta y encuentra el nuestro deshabitado. Habían desaparecido los terrestres. Nadie. Y uno de esos excursionistas encuentra en una barda un extraño dibujo que mostraba, con los brazos abiertos, el recuerdo de un hombre. Era la figura del último hombre de la Tierra. Desoladamente me pregunto ¿Serán profecías? No. No me gustan, en su lugar que la gente sea una para hacer el bien. Es posible si se les toca el corazón. Este año, como en los anteriores, habrá ceremonias luctuosas en Hiroshima y Nagasaki en memoria de las víctimas de aquel año de l945. No puedo comprender que el piloto Tibbets pusiera el nombre de su madre, Enola Gay, al avión de la muerte. GABRIEL PAZ / Escritora. Correo electrónico: macachi809@hotmail.com Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones