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Miércoles, 20 de Marzo 2019

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Prepotencia

Por: EL INFORMADOR

ENTRE VERAS Y BROMAS             

Sucedió hace algunos años... Un club de servicio, con sede en Estados Unidos, dedicado a dar atención de manera altruista, gratuita, a personas con deficiencias visuales y —además— con estrecheces económicas, donó algunos centenares de armazones y lentes graduados a una asociación similar asentada en Guadalajara. Empero, como ya desde entonces se daban en maceta los burócratas especializados en aplicar a rajatabla el criterio rigorista de que “La ley es la ley”, no faltó el funcionario aduanal, celoso de su deber en grado superlativo, que decidió decomisar los adminículos ópticos y se montó en el macho de que sólo los entregaría a sus destinatarios si éstos pagaban los correspondientes derechos de importación, más alguna multa que —faltaba más...— se sacó de la manga.

—II—

Otro funcionario, de un nivel de Gobierno que de suyo no tenía vela en el entierro, pero que tuvo los cinco centavos de sensibilidad necesarios para entender la intención de los donadores y los beneficios sociales que dejaría la donación, hizo desde su oficina un par de llamadas telefónicas. Una para solicitar en la Aduana alguna consideración: seguramente la misma ley que se esgrimía de manera inflexible para complicar e incluso sancionar un hecho intrínsecamente plausible, incluía también algún resquicio que contemplara la posibilidad de aplicar alguna exención. La otra, resuelto el primer punto, para notificar a los destinatarios del obsequio que podían pasar, a la mañana siguiente, a recogerlo... Pero agregó una atenta súplica que explica el anonimato del gesto: “Por favor, que no se sepa que yo intervine”.

—III—

Quizá esa historia tenga algún lejano parentesco con el episodio ocurrido ayer en el Centro Médico del Seguro Social. So pretexto de que la señora Margarita Zavala, Primera Dama de la República, visitaría a los niños que sufrieron quemaduras en el incendio de una guardería en Hermosillo, el viernes pasado, y se remitieron a Guadalajara, sus angustiados familiares fueron desalojados de mala manera de los pasillos del nosocomio, por los celosos guardias del Estado Mayor Presidencial.

Dos preguntas, como corolario. Una: ¿No hubiera sido posible que la visita de la Primera Dama se realizara de manera más discreta? Y otra: si era inevitable hacer alarde del aparato de seguridad que la rodea, ¿también era inevitable agregar el atropello —brutal manifestación de prepotencia— al dolor y a la angustia de los familiares de los niños lesionados?...

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