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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Mundo feliz

ENTRE VERAS Y BROMAS          

También el asunto de la influenza puede verse desde las consabidas ópticas contrapuestas...

—II—

Desde la perspectiva de “el vaso medio lleno”: las incomodidades generalizadas, los perjuicios económicos de quienes han visto afectados sus negocios por las restricciones dispuestas por la autoridad para la operación de los mismos, y, en última instancia, hasta el costo en vidas humanas que ha tenido que pagarse por la intempestiva irrupción del tristemente célebre virus, dejarán, al decir de los optimistas, un beneficio. Incorporaremos en lo sucesivo, según ellos, prácticas más higiénicas a nuestras vidas cotidianas; estaremos, en su opinión, mejor preparados para cuando ocurra el previsible rebrote del virus.

Desde la de “el vaso medio vacío”: la manera como se han relajado las medidas de precaución, el desdén por los riesgos implícitos en la concurrencia masiva a centros comerciales, las insuficientes normas y medidas de higiene para el uso del transporte público, el apremio de padres y madres —ellas, sobre todo— de familia porque los niños regresen a clases, la incredulidad de las mayorías con respecto a la gravedad del caso, el impacto cada vez más endeble de los reiterativos mensajes de la autoridad a favor de que “no bajemos la guardia”...: todo eso, en opinión de los pesimistas, nos retrata de cuerpo entero: incrédulos, indolentes, apáticos. Todo eso, según ellos, nos hará tropezar por segunda vez, esa vez con consecuencias más dolorosas, con la misma piedra.

—III—

El derecho a la salud es un concepto muy florido. Se nos llena la boca cuando afirmamos que “la Constitución lo consagra”... En la práctica, el panorama es muy diferente. En el terreno de la realidad, sigue siendo cierto que una de las experiencias más tristes que puede tener un mortal es enfermarse —de cualquier cosa— en México... y ser pobre. La automedicación se ha convertido en parte de nuestra cultura, porque solicitar servicios de salud en las instancias oficiales creadas para ello —e invadidas, casi todas, por el cáncer de la corrupción— es el más terrible de los vía crucis que puede padecer un mexicano.

El colofón resulta inevitable: si el dinero que se dilapida en campañas electorales como las que acaban de arrancar, se destinara a la salud del pueblo —y, sobre todo, se ejerciera con honradez—, éste sería el mejor de los mundos posibles... o punto menos.

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