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Jueves, 21 de Noviembre 2019
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La leyenda del Cristo de la Vega

Por: EL INFORMADOR

Puso en versos muy emotivos José Zorrilla la leyenda del Cristo de la Vega. Y al hablar en anteriores capítulos de personajes de Toledo, esta narración se ha levantado en mi memoria como si sus personajes me exigieran: “Habla también de nosotros”.

Pues vamos a tratar de ellos. Allá, en España, en Toledo, capital del reino durante mucho tiempo, el Río Tajo corre por sus tierras. Cuando vemos su chorrillo de agua no podemos creer en su importancia histórica que, al llegar a su desmbocadura en Lisboa, es una maravilla por su abundancia de agua y luces.

Pues bien, fue en Toledo donde se amaron (he olvidado sus nombres, pero los llamaremos Fadrique e Inés). Pensaban casarse, pero eran los tiempos del gran poderío de España que había que defender con las armas. Los tercios de Flandes, los tercios de Nápoles, la gran aventura de América, las guerras de religión.

A Fadrique le entraron las ganas de ir a Flandes y después, al volver, se casaría con Inés.
“Lo juro”, así se lo propuso él a su novia, e Inés le dijo: “Bueno, pero deseo un testigo de tu juramento”.

¿A quien buscar? Y ella se iluminó al proponer: “Que sea nuestro testigo el Cristo de la Vega”.
Ambos fueron a la capilla del Cristo clavado en su cruz, y Fadrique juró ante el casarse con Inés en cuanto regresara de Flandes. Estaban junto al Río Tajo.

“Pasó un año, y otro año; un mes y otro mes pasó, mas de Flandes no volví aquél que a Flandes se fue”.

Inés estaba desesperada. ¿Muerte, olvido? En esto estaba cuando oyó el cabalgar de una tropa. Por la calle principal desfilaban los soldados de los Tercios de Flandes, y a la cabeza de ellos un capitán que Inés conocía muy bien.

“¡Fadrique!”, corrió hacia él, se arrimó a su caballo y el capitán le dijo separándola:
“Pero ¿qué quiere usted? No la conozco.
“Fadrique, soy tu prometida. Me aseguraste casarte conmigo. Lo juraste”.
“No lo recuerdo”.
“Vamos con la autoridad”.

Los jueces les preguntaron si tenían algún testigo de ese juramento.
Ambos respondieron que no.
“Entonces”, empezó a decir el juez.
Pero Inés recordó: “Sí... sí, juramos ante el Cristo de la Vega”. Los jueces y ayudantes cargaron con sus libros y papeles hasta la capillita del Tajo, ante el Cristo de la Vega, y le preguntaron:

“Jesús de Nazaret, ¿es cierto que Fadrique juró casarse con Inés?”
El brazo derecho se desclavó de la cruz y una mano ensangrentada se posó sobre aquellos documentos judiciales. Una voz profunda sonó en la sala:
“Sí, lo juro”.

Todos los asistentes quedaron asombrados y en silencio. Fadrique e Inés callaron emocionados. Días después Fadrique se hizo monje. Inés entró en un convento de monjas.

GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com

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