| La hipoteca social Por: EL INFORMADOR 9 de agosto de 2008 - 23:00 hs Las viejas casonas, aún cuando se derrumban, siguen mostrando su riqueza. Seguramente el transeúnte al pasar lo que hace es cuidarse, no vaya a ser que se le venga encima parte de lo que aún permanece, pero para un observador atento aquella ruina no deja de mostrar cuán valiosa era por fuera como por dentro, y al hablar de “dentro” me refiero a las entrañas mismas de este invaluable patrimonio. Como cascada de maderas y adobes, suspendida por el capricho de la física se mira la antigua casa situada en la esquina de Reforma y Pino Suárez. Hace ya muchos años que sufría la enfermedad tapatía de la indolencia y el abandono. Cerrados todos sus accesos a la luz y al viento, semejaba un vagabundo por fin establecido, con la ropa sucia, hecha jirones, soportando las inclemencias de la lluvia y del tráfico, y a pesar de todo sobreviviendo. Pero bien se ve que el vagabundo había sido rico, uno de esos ricos que con el andar de los años no sólo perdieron el dinero sino también la dignidad y la memoria. El primer derrumbe ocurrió el año pasado; a diferencia de los accidentados, a los que de inmediato se les atiende, a esta vieja casona solamente la acordonaron, para que acabara de morirse sin molestar a nadie. Este año se produjo el segundo colapso, para mostrar a todos la grandeza de los maestros albañiles de otros tiempos cuyas obras fueron hechas con tal calidad y fortaleza, que hace falta mucho para que finalmente se vengan abajo. Y ahí está, exhibiendo fuerza, calidad, y consistencia, como marco sólido y perenne de innumerables finezas: puertas en madera con vitrales de antiguos diseños, fabricados con cristales de valía; herrajería forjada de barandales, balcones y ventanas; motivos decorativos como ramilletes de flores y frutas que adornaron los marcos de puertas y ventanas. Pero también esos colosales adobes, recios y coloridos; las añejas maderas de sus alfarjes, hoy apenas aferradas a los bordes averiados que los precipitan al vacío; las canteras labradas y regadas hoy por todas partes, y hasta un viejo macetón cubierto por aquellos azulejos de la Guadalajara andaluza que tan comunes fueron en esta ciudad. Es propiedad privada, sí, desde luego, pero sobre la propiedad privada pesa siempre una hipoteca social, un compromiso de los dueños con la ciudad en la que tienen sus bienes, una solidaridad de los propietarios con la imagen pública de Guadalajara, con sus raíces, con sus cartas de identidad que son estas antiguas fincas, retratos de familia, retratos de los ancestros que lucen mucho más que las fotos viejas acumuladas sobre mesas de centro. Ojalá y con tanto dinero como parece tiene el Gobierno acabara por comprar, si no es que justamente expropiar, esta memoria arquitectónica de la ciudad, rehabilitando y adecuando su uso habitacional en beneficio de tantos cientos de personas que viven hacinadas en las periferias, y para las cuales estos edificios serían auténticos palacios, porque además, lo son. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO / Licenciado en Historia. Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones