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Domingo, 17 de Diciembre 2017

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Incredulidad

ENTRE VERAS Y BROMAS                

Los escépticos, que prefieren las especulaciones (mientras más fantasiosas, tanto mejor) a las tentativas versiones oficiales del avionazo del martes, en que perecieron el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y 13 personas más, se defienden. Esgrimen que la vida los ha hecho así: recelosos de la palabra de los gobernantes. Tantas veces éstos han mentido (para no decir que tan pocas veces han hablado con la verdad), que aquéllos los presuponen incapaces de ser veraces...

—II—

Seamos justos: ni el fenómeno de la incredulidad es privativo de los ciudadanos mexicanos, ni el desapego por la verdad como ley suprema ha sido exclusivo de sus gobernantes... Es cierto que los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, por ejemplo, han sido paradigmáticos. Sin embargo, en otras latitudes han ocurrido sucesos relevantes, en los que las hipótesis estrambóticas han tenido más credibilidad que las verdades oficiales. Así —botón de muestra—, el veredicto de la “Comisión Warren” mereció menos crédito que cualquiera de las versiones “no autorizadas” acerca del asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, ocurrido en 1963. Otro tanto sucedió en ocasión de la muerte del Papa Juan Pablo I, apenas cuatro semanas después de su proclamación: la versión oficial de la Iglesia Católica —un infarto mientras dormía— se vio eclipsada, al menos,  por las teorías —o simples especulaciones— que apuntaban hacia un crimen.

—III—

En el avionazo del martes, hay dos piezas que no parecen encajar en el rompecabezas del “accidente” como verdad oficial. Una: los testimonios de que el avión caía “envuelto en llamas”. Dos: una frase rotunda —espontánea, quizá; poco meditada, en consecuencia— en la declaración que esa misma noche emitió el Presidente Felipe Calderón: “No nos doblegarán”... ¿A quiénes se refería?... ¿En qué estaba pensando cuando dijo eso?... ¿En las fatalidades del destino?... ¿En las decisiones ineluctables de la Divina Providencia?... ¿En manos criminales, acaso?...

Dicen bien quienes afirman que en un país en que el ciudadano ha aprendido a ser incrédulo con respecto a la palabra del Gobierno, éste tiene que pagar al contado. A cada paso tiene que dar pruebas fehacientes de su veracidad... No tiene crédito a la palabra, en suma.

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