Lunes, 17 de Noviembre 2025

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Fiesta del crudo

Por: EL INFORMADOR


Durante la mayor parte de nuestra historia, el ejercicio del poder público en México ha estado directa o indirectamente bajo la influencia de protagonistas preparados en el marco tradicional de las Fuerzas Armadas, hasta que en los años cincuenta éstos cedieron el relevo a una nueva generación de profesionales civiles: los abogados. Luego, en los ochenta, el timón de la República dejó de estar en el fallido gremio de los legistas y pasó a las profesiones comerciales y económicas.

En términos sencillos, nuestra revolución significó haber pasado de una dictadura personal a una “dictadura de partido”, originalmente dominada por militares hasta volverse la “dictadura perfecta” de una democracia simulada. Lo que en un inicio fue el pleito entre caudillos, luego se volvió la tríada confabulante del Partido Oficial-Estado-Gobierno cuyo sustento era la silla del águila que actualmente se está rompiendo.

Ahora se nos dice que el nuestro se trata de un país que ha perdido el rumbo luego de haber conquistado la democracia; o que todavía está construyendo su democracia como una manera de resolver sus profundos desacuerdos sobre el rumbo que debería seguir. Y esto sí que es un problema a considerar, porque revela que no sabemos a dónde ir como nación o, peor aún, que queremos ir a partes distintas sin contar con una cultura política que permita resolver las divergencias.

Desde que el generalísimo Morelos expresara en los “Sentimientos de la Nación”, los puntos torales que conducían la lucha por la independencia y la soberanía, nuestro país solamente ha tenido realmente dos proyectos nacionales que lograron una coalescencia de voluntades cuya orientación llevara los esfuerzos de todos hacia una dirección común. Estos dos proyectos fueron pautados por los generales Porfirio Díaz, el primero, y Lázaro Cárdenas, el segundo. Ambos tuvieron como base de su poder la consolidación de las Fuerzas Armadas y la eficaz instrumentación de la tecnología energética dispuesta a la producción económica. En las máquinas impulsadas por el vapor y el petróleo cada proyecto logró, respectivamente, la necesaria unidad de mando y de dirección, eficazmente alimentados por el dominio de la fuerza física.

La potencia del vapor produjo el tejido de la nación con sus ferrocarriles e industrias y enredó la riqueza económica en una soberanía centralizada que el petróleo luego vino a potenciar aún más, trayéndonos hasta donde hoy nos encontramos, mal que bien. Dos proyectos distintos, pero encadenados mediante una revolución de 360o y una transición de tecnología energética.

En la primera crisis del petróleo (de los años setenta) ya se advertía de la disponibilidad limitada de este recurso, calculándose no más de 35 a 50 años útiles, su explotación razonablemente costeable. Hoy los cálculos actuales parecen más o menos confirmar aquellos augurios.

El proyecto cardenista hizo al México moderno, pero ya se venció junto con el debilitamiento del sistema que impuso y la fuerza que le alimentaba. Ahora, en las discusiones sobre las últimas gotas del oro negro, a nuestro crudo se le está usando de excusa para distraernos de lo que realmente nos enfrenta en nuestras narices: la necesidad de rediseñar un proyecto de nación sobre una manera de gestionar la fuerza física para el nuevo orden social y económico.

El año 10 de cada siglo nuevo siempre nos ha traído un revoltijo tremendo. En las fiestas venideras del bicentenario, también deberíamos festejar una nueva visión para el futuro, no nada más el tiempo pasado. Lamentablemente, como van las cosas, después de la fiesta volveremos a la realidad cruda peleándonos por soluciones paliativas y no sustanciales.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx

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