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Martes, 22 de Octubre 2019
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“El imperio de los 100 días”

Por: EL INFORMADOR


Nos sirvieron los medios informativos lo sucedido en 100 días del Gobierno de Barack Obama.

Cuando el locutor de la televisión repite las dos palabras “cien días”, recuerdo instantáneamente otros 100 días que en la historia del mundo fueron famosísimos: los que formaron “El imperio de los 100 días” de Napoleón Bonaparte.

Napoleón había sido derrotado y llevado como prisionero a la isla de Elba. Pero no vivía mal. Era como el rey de esa islita, con servidores y comodidades. ¡Que no se escapara!

¡Pero se escapó! Quien haya leído “El Conde de Montecristo”, de Dumas, recordará que la tragedia de Edmundo Dantés tuvo que ver con la estancia de Napoleón en la isla de Elba.

Napoleón huyó de la isla y llegó a Francia, donde lo recibieron con entusiasmo. El rey que había, Luis XVIII, colocado en el trono francés por sus aliados, los realistas de Europa, pero enemigos de Napoleón, huyó lleno de miedo y Napoleón volvió a reinar por un corto tiempo, que es lo que se conoce como “El imperio de los 100 días”, el cual terminó en la batalla de Waterloo. Napoleón se rindió a los ingleses, quienes lo llevaron preso a la isla de Santa Helena, donde murió en 1821.

Napoleón fue un hombre extraordinario, aunque haya diversas opiniones sobre él. Su vida fue una novela que ha despertado en mi imaginación al oír tanto hablar y calcular sobre lo hecho por Obama en sus 100 días de Gobierno.

Cien días poco son para llegar muy alto, pero indican la dirección que puede llevar la historia y presentar la aptitud de los gobernantes.

Hasta ahora, Obama recibe elogios. Ha llegado a la Presidencia de los Estados Unidos en una época en la cual su país y el mundo no se ven muy bien, y hará falta de mucho tesón y habilidad para salir adelante... y de tiempo.

No tienen nada que ver los 100 días de Obama con los napoleónicos, pero la cifra de estas centurias me ha hecho recordar las del pasado que también modificaron el mundo.

El mal uso de la televisión

Un día de aquéllos, en una tienda grande de artículos eléctricos, situada en la esquina que forman la avenida Juárez y la entonces llamada San Juan de Letrán, mostró en uno de sus escaparates un aparato de televisión con pantalla pequeña que ponía al aire, en blanco y negro, a unos artistas que se movían como los del cine.

No sólo pasaban buenas películas, sino buenos programas también y no costaba nada, había pocos canales, pero hoy que pagamos por ver gran variación de ellos, muchos resultan inaguantables por varios conceptos y añoramos los de entonces.

Cuando llegó la televisión a todos los lugares posibles, los programas se multiplicaron y entre ellos los había bastante buenos, como “La novela semanal” que exhibía durante los días de la semana una obra de categoría: “Felicidad”, de Carballido; “El abuelo”, de Pérez Galdós; “Casa de Muñecas”, de Ibsen.

De pronto esta serie se cortó y fue seguida por programas de menos categoría, hasta llegar a los de hoy. Uno prende el televisor y no sabe con qué sorpresa va a encontrarse: tiros y muertos, ladrones de alta escala, gimnastas de cama.

Que les den grandes espacios a las buenas obras, que cuiden el lenguaje. Pues suelen introducir palabras feas y mal pronunciadas. La televisión es un tesoro mal aprovechado.

GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com

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