Viernes, 17 de Enero 2020
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El Príncipe de Asturias y la UNAM

Por: EL INFORMADOR


Me emocionó profundamente oír en la noche del día l0 que el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2009, había sido otorgado a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Recuerdo cuando estaba en construcción. La UNAM era un amplio espacio en el que se levantaban originales edificios de los que saldrían los estudiosos de México y otros países, puesto que sus puertas estaban abiertas.

El hecho de que tres premios Nobel, que en la UNAM estudiaron, da más categoría aún a esta institución: Arturo García Robles, premio Nobel de la Paz; Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, y Mario Molina, premio Nobel de Química.

En la emocionante noticia no se olvida la gran acogida que la UNAM dio a los catedráticos españoles que, después de la Guerra Civil española perdida, tuvieron que huir de España y llegaron a México para seguir viviendo y trabajando en su meritoria labor. Aquí se les curaron a muchos las heridas internas que estuvieron abiertas mucho tiempo.

Yo encontré en México a dos de mis mejores profesores: don Enrique Rioja, profesor de ciencias naturales, y doña Juana Ontañón, de Metodología de la Lengua.

Bien está que España reconozca lo que debemos a México. Bien está que España vaya dando muestras de su agradecimiento.

La UNAM es la más importante universidad de nuestra América, pero se halla también entre las mejores del mundo.

El premio consiste en 50 mil euros, un diploma y una estatuilla de Joan Miró. Lo entregará el príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, en el teatro Campoamor, al rector de la UNAM don José Narro Robles.

Será una ceremonia fantástica, digna de su entero significado. ¡Quién lo hubiera adivinado cuando llegamos aquí con la generosa ayuda de México!

Merecido premio. Justo premio.

Estamos contentos: una buena noticia en un mundo que pasa por una temporada de abundantes actos malos.

Deseamos que los acontecimientos buenos continúen y todo México ocupe en el mundo el lugar que merece.

Mi primer avión

El primer avión surcaba el cielo y yo, desde la tierra, lo contemplaba llenándome de admiración. ¡Qué pequeño era comparado con esas largas moles que ahora en pocas horas atraviesan todos los continentes, todos los océanos!

Aquellos primeros pilotos eran unos valientes: Lindbergh, Rasa, Barberán, Collar.

La aviación empezó a desarrollarse. Mi padre, que tenía la buena obsesión de llevarnos al campo a respirar aire puro, un día nos preparó una excursión de ir a Cuatro Vientos, nombre que se le daba al único aeropuerto del que yo tenía noticia.

Desde entonces ha habido muchos accidentes, aunque hay pilotos de hoy que aseguran: “Más son los accidentes de carretera”. ¡Quién sabe!, pero yo no sé si les tengo o no miedo.

Digo todo esto después de leer las últimas noticias referentes al desastre sufrido por el avión de Air France, en el que iban 228 personas. “Desapareció”, dijeron en un principio. Poco a poco van llegando a la superficie del océano Atlántico piezas del aparato, cuerpos sin vida de los viajeros.

No es grato pensar cómo fueron sus últimos momentos. Los expertos algo averiguarán acerca de la causa que provocó este drama, pero nada práctico se conseguirá, a no ser que desde ahora revisen minuciosamente todos los aviones y los encargados de este trabajo no hagan chapuzas.

Esa pareja de franceses, Claude Jaffiek y su esposa, que no pudo hallar boletos para el trágico viaje y se quedó en tierra, salvó la vida. Ellos, los salvados, dicen que fue un milagro, para ellos. Para los 228 ahogados fue el fin.

Cada vez la Humanidad es más audaz en sus inventos y éstos no son todos beneficiosos totalmente.

Sería bueno que eso: lo que puede llevar de bueno y de malo, se pesara y según el resultado se obrara o se dejaran las cosas en paz.

GABRIEL PAZ / Escritora.
Correo electrónico: macachi809@hotmail.com

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