Jueves, 22 de Febrero 2024

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ENTRE VERAS Y BROMAS

Por: EL INFORMADOR

— Oráculo (y II)

Hombre de letras como es, y lector como probablemente alguna vez lo fue de “Los de Abajo”, nada de extraño tendría que, desde el Olimpo en que reside por derecho propio, Mario Vargas Llosa recuerde el estremecimiento que debió haberle causado la frase de Luis Cervantes, corolario de sus cavilaciones sobre el futuro de la Revolución Mexicana que él, los demás protagonistas de la excelente novela de Mariano Azuela y muchos miles de mexicanos de carne y hueso, intentaron hacer hace un siglo. “Qué chasco, amigo mío —dice Luis, palabras más, palabras menos, a Demetrio Macías—, si esta lucha fuera el pedestal en que se entronizaran otros tiranos peores a los que vinimos a derrumbar”. Y concluye: “Pueblo de tiranos, pueblo sin ideales; ¡lástima de sangre!”.


—II—
Vargas Llosa —“decíamos ayer”, con las debidas licencias de Fray Luis...— deplora, a priori, que el pueblo de México llegara a restituir al PRI, en perjuicio del PAN, la calidad de partido gobernante que le quitó en las elecciones del año 2000... “En perjuicio del PAN”, subrayémoslo; no de los ciudadanos; no del legítimo anhelo —tan insatisfecho hoy como ayer— de que los gobernantes subordinen sus intereses personales y de grupo a la apetencia generalizada de una sociedad más justa.

El escritor peruano califica de “masoquismo colectivo” la posibilidad de que “un partido tan corrupto” —alude, obviamente, al PRI— sea reinstalado por el pueblo en el poder. Lo hace, quizá, porque ve a México desde lejos; desde donde parece, como él dice, que “funcionan las instituciones”; desde donde no se notan la inseguridad, impunidad e injusticia que hay en el país; desde donde no son visibles el abandono del campo y la creciente dependencia alimentaria; desde donde no son tan dolorosas las insuficiencias en materia de educación y salud, ni tan lacerantes la marginación y el éxodo, hijos de la falta de empleos decorosamente remunerados; desde donde no se ven, en fin, los abusos sistemáticos y la ineptitud escandalosa de la clase gobernante.


—III—
Ensayista lúcido como es, puede ser que Vargas Llosa aproveche éste y otros viajes a México para entender —viéndolo de cerca, en la calle, no desde la suite de un hotel de cinco estrellas— el drama de un pueblo al que la frustración hace volver sobre sus propios pasos, al comprobar que el remedio que buscaba sólo agravó sus males... y para concluir, de paso, que Luis Cervantes fue profeta.

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