Lunes, 17 de Noviembre 2025

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ENTRE VERAS Y BROMAS

Por: EL INFORMADOR

— Excomunión

Es curioso: ni los libros de Historia de cuarto año, antes, ni los de sexto, ahora, hacían la mínima referencia a la excomunión de Hidalgo y Morelos. Tampoco consignaban el hecho la gran mayoría de los libros escolares precedentes a los que actualmente edita y distribuye la Secretaría de Educación Pública...

—II—

En todo caso, era la propia Iglesia la más empecinada en subrayar, cada vez que la coyuntura histórica lo propiciaba, que las dos principales figuras de la lucha por la Independencia de México recibieron la sanción más terrible que aquélla, con toda la aplastante autoridad del evangélico “Lo que atáreis en la Tierra, atado quedará en el Cielo”, etc., era capaz de imponer a los réprobos más abyectos y contumaces —aquellos que ni siquiera merecían apelar ante la misericordia infinita de Dios Padre—: la excomunión.
A ellos, “por la autoridad de Dios Todopoderoso (...), los excomulgamos y anatemizamos (...) para que puedan ser atormentados por eternos y tremendos sufrimientos”, rezaba —¡vaya verbo más inadecuado!— la fórmula de la expulsión de las milicias de los hijos de Dios, “por los siglos de los siglos, amén”.

No quedaba claro, al cabo de aquellas tremendas homilías durante las que se cimbraban las columnas y llovían polvo y telarañas de las bóvedas de los sagrados recintos mientras se proclamaba, para escarmiento de los pecadores, el texto de la excomunión, si tan atroz sentencia correspondía a la rebelión de los dos curas contra los poderes constituidos, u obedecía a su evidente resistencia a acatar los mandamientos sexto y noveno de la Ley de Dios.

—III—

Tampoco queda muy clara, a casi 200 años de aquellos episodios, la premura de la Iglesia porque se enmiende lo que ella misma se gloriaba en reiterar: que fueran malditos por toda la corte celestial, por “los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellas (...), donde quiera que estén, en la casa o en el campo, en los caminos o veredas, en las selvas o en el agua (...), en el vivir y en el morir, en el comer y en el beber, en el ayuno o en la sed (...), estando de pie o sentados, acostados o andando, mingiendo o cancando”, desde la cabeza hasta las uñas de los pies, los mismos personajes de cuya reprobación eterna ahora —por alguna misteriosa... aunque probablemente muy respetable razón— quiere desdecirse.

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