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Jueves, 21 de Noviembre 2019
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Drástica (I)

Por: EL INFORMADOR

ENTRE VERAS Y BROMAS               

Va de cuento, señor...

Hace cuatro décadas —días más, días menos—, cuando se construía la primera línea del Metro de la Ciudad de México, el entonces gobernador de Jalisco, Francisco Medina Ascensio, convenció al Presidente Gustavo Díaz Ordaz de que también Guadalajara debería contar con ese sistema de comunicación. Se hicieron los estudios preliminares. Se buscaron las fórmulas financieras que hicieran viable el proyecto... Y cuando ya parecía cuestión de mero trámite hacer realidad esa idea, vinieron los acontecimientos de Tlatelolco, y todo se fue, literalmente, al diantre. Digamos que ésa fue la manera en que el diablo descompuso todo, después de que el hombre y Dios, en ese orden, habían hecho su parte: el primero, proponer; el segundo, disponer.

—II—

Cuando el Metro de Guadalajara, en los términos del cuento referido en el párrafo anterior, era un sueño, una de las rutas concebidas en el proyecto corría desde Zapopan hasta Tonalá, en una gran diagonal que discurriría por las avenidas Ávila Camacho, Alcalde, 16 de Septiembre y Revolución. Ahora, a dos meses de que, según las previsiones gubernamentales, comience a operar la primera ruta del Macrobús, por toda la Calzada Independencia y hasta Miravalle, ya se habla de las siguientes etapas. Tres de éstas se construirían simultáneamente durante el año próximo. Una de ellas correspondería precisamente al abortado proyecto del Metro tapatío... De hecho, ya se anticipa una parte del plan: dedicar la Avenida Alcalde, desde Juan Álvarez hasta Miguel Blanco —desde el Santuario hasta San Francisco, para entendernos mejor— exclusivamente al Macrobús y a los peatones. En otras palabras, se eliminaría el tráfico de automóviles particulares y de camiones convencionales por ésa, tradicionalmente la arteria céntrica por
excelencia, ya que pasa frente a los edificios más emblemáticos de la ciudad.

—III—

La idea —que no es inédita— podría parecer, aquí, irrealizable. Por lo menos, revolucionaria... Sin perjuicio de someterla al añejo proceso dialéctico de “prueba y error”, lo cierto es que sería, también, una medida a todas luces drástica: justo a la medida de los achaques de una ciudad que pasó de amable a caótica en unos cuantos años..., y que jamás se van a resolver a base de cafiaspirinas y yerbabuenas.

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