| Don Chuy: lecciones de vida Por: EL INFORMADOR 11 de enero de 2009 - 23:00 hs Jesús transitó la etapa de los efectos provocados por la Gran Depresión de 1929, cuando a su vez se adentraba a la adolescencia y auxiliaba a su padre en las labores del campo, en las inmediaciones de Acatic, a las puertas de la región de Los Altos. En un ámbito familiar de extremas limitaciones, hizo suyo el compromiso de trabajar sin descanso hasta poder superar sus condiciones económicas y poder establecerse en la ciudad, formar una familia y alcanzar, hasta donde fuera posible, márgenes de prosperdidad para él y los suyos. De niño, había hecho algunos estudios en Guadalajara, bajo el cobijo de una familia pudiente que le brindó apoyo para aprender lo básico que, en ese tiempo, para la gente de campo, era una gran plataforma para abrir horizontes. Trabajó en la construcción de carreteras, y de él escuche por primera ocasión —sin saber a ciencia cierta el significado de la expresión— la palabra “sobrestante”, en una de las muchas pláticas en las que narraba con emoción sus peripecias con las cuadrillas de empleados de la Junta Local de Caminos. Un vistazo al diccionario esclareció que el “sobrestante” es una especie de capataz, un hombre que vigila a un grupo de trabajadores. Hace más de medio siglo, ya convertido en Don Chuy, y con una creciente familia que se completó con una docena de hijos, se convirtió en uno de los fundadores de la colonia González Gallo, vecina del complejo universitario del Politécnico; una colonia en la que un buen número de empleados que estaban engrosando la clase media, lograron el sueño que de recién casados no imaginaban: tener una casa propia. Desde su negocio de compra-venta de partes usadas de automóviles, asentado y aclientado en el populoso barrio de Analco, Don Chuy fue acrecentando el patrimonio familiar y formando a sus hijos en una sólida base de valores que giraban en torno a la importancia de tener un trabajo digno, perseverar en las enseñanzas de la religión católica y mostrar siempre respeto hacia los demás. A sus hijos les puso el ejemplo de tesón en el trabajo y los aleccionó para que jamás se dieran por vencidos. Cuando alguno de ellos, desalentado le decía que no podía cumplir lo que le había encomendado, le sentenciaba con firmeza: “¡Hasta la Tierra tiembla cuando un hombre dice no puedo!”. Don Chuy entró a la última etapa de su vida cargando a cuestas labores que se autoimponía. En los setenta compró un predio rústico en la cercanía de Chapala y lo convirtió, a pico y pala, sólo auxiliado por su hermano mayor, en una huerta despejada y confortable, con sus propios caminos y con un solar luminoso que durante muchos años fue el punto de reunión de la creciente descendencia que fundó con Juanita, su compañera de toda la vida. El 7 de enero, a los 92 años, Don Chuy dejó este mundo, rodeado por los 92 integrantes de su familia, desde su esposa hasta sus bisnietos. No conoció ni sufrió los efectos de esta crisis que, dicen, puede ser peor que la de 1929. Seguramente, si hubiera tenido que afrontar esta situación, Don Chuy se las habría ingeniado para salir adelante; nunca se dio el lujo de sucumbir y darle a la Tierra el gusto de temblar... nomás porque él no pudo. VÍCTOR E. WARIO / Periodista. Correo electrónico: vwario@informador.com.mx Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones