Martes, 28 de Mayo 2024

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Doble complicación

Por: EL INFORMADOR

Para entender las cosas, sirve empezar por el principio. En su origen, el sentido principal de las ciudades consistió en que los individuos se juntaban para maximizar sus bienes en virtud de las buenas relaciones que mantenían entre sí (anteriormente, los humanos vivíamos en grupos nómadas dispersos). Vivir en proximidad significaba acortar el tiempo y la distancia para el contacto y el intercambio entre las personas. De la calidad de las múltiples interacciones emergía, emanaba, la calidad de la ciudad y de la vida en ella.

Hoy, en nuestra gran ciudad metropolitana tapatía, parece que el destino toma más bien un sentido inverso: las preocupaciones principales parecen girar alrededor de cómo atenuar nuestros encuentros mutuos y de la búsqueda por minimizar nuestros males comunes. Se ha volteado el sentido original de vivir en ciudad y se ha convertido en su revés.

Los principales achaques que sufrimos en esta ciudad tienen que ver con lo más cotidiano de lo que hacemos; tienen que ver con cómo la gente nos movemos por las calles, cómo movemos nuestras cosas (mercancías y desechos mayormente) y cómo se mueve aquí por todas partes el agua, la electricidad y el suministro de los demás servicios públicos. Temas que dan para harta reflexión en todos los sentidos.

El tema que más ha estado presente últimamente es el asunto del transporte y de la vialidad urbana, que revela que desde hace más de 30 años, esta ciudad ha sido consistente en una sola cosa: que las promesas de arreglos siempre resultan demasiado insuficientes y demasiado tardías. Todo parche aquí termina siendo “demasiado poco, demasiado tarde” y siempre va envuelto en un velo místico proveniente de los viajes al extranjero que hacen las autoridades en turno persiguiendo el santo grial del mejor sistema de transporte público y colectivo.

“Ahora sí”, nos dicen siempre, “ya merito le damos al clavo”.

Quienes todavía tienen memoria, recordarán que así fue precisamente como se introdujo el entonces prodigioso (y ahora infame) Sistecozome, cuya inauguración se abanderó con los flamantemente pintados carros ya usados que se consiguieron en uno de esos viajes a una de esas ciudades. No obstante que allá ya no los querían, desde entonces, y que todavía anden por aquí destartalándose. ¿Qué se puede esperar en un país (presumidamente productor/exportador automotriz) donde se importan más coches usados obsolescentes que los vendidos nuevos localmente? (Y no hablemos de que hace 100 años teníamos muchos mayores servicios ferroviarios que ahora).

La causa de la complicación de nuestros síntomas urbanos es doble: por un lado, se ha degenerado la responsabilidad en lo que es público, confundiéndose con la oportunidad de lo que es privado; y por el otro, se insiste en resolver problemas de índole multifacético y complejo con soluciones especialistas de índole técnico particular. Dos condiciones que juntas provocan precisamente la situación que nos prevalece: que nada logre resolverse bien a bien; siempre es a medias y mediocremente, cuando apenas.

No es que nos falten especialistas en temas particulares, esos sobran en el mercado laboral. Más bien lo que no valoramos bien son los talentos coordinadores multidisciplinarios, en cuyo acercamiento a las situaciones no llegan ya con las mejores soluciones prescritas y la presunción de su entendimiento pleno, sino que saben concertar los procesos para agenciar las respuestas óptimas que atienden los distintos factores relevantes.

Tampoco es que falten los empeñosos funcionarios públicos o los empresarios privados oportunistas. Al contrario, hoy por hoy vivimos la moda de la ambición económica como el motor del progreso. Quizás lo que nos falta como sociedad es saber producir más funcionarios públicos con menos ambición empresarial y más empresarios con menos ínfula política. Y ambos mejores en lo que se supone que hacen.

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