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Viernes, 13 de Diciembre 2019
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Desrevolucionar

Por: EL INFORMADOR

A nuestra Revolución se le ha acabado el aire con que se le había tenido inflada tantos años. Todo por servir se acaba. Como un viejo trapo que de tanto restregar termina deshilachado, así su traje festivo ya no sirve para lucir sus tan presumidas (y cuestionadas) virtudes. Han nacido ya cuatro generaciones bajo el velo de una ideología oficial cuyo motor ya no da para andar. Más bien se le mantiene “útil” a empujones y jaloneos.

En 1910, el Plan de San Luis fue promulgado (curiosamente desde San Antonio, Texas) por el señor Francisco Madero, quien había huido tras ser encarcelado bajo los cargos de “conato de rebelión y ultraje a las autoridades”. El Plan llamaba al pueblo mexicano a levantarse en armas desconociendo la legitimidad de la elección del presidente Porfirio Díaz, quien ocupaba el cargo de manera casi continua desde 1876. Desde el país vecino se pedía anular las recientes elecciones y convocar a nuevos comicios. La fecha para dar inicio al levantamiento sería el 20 de noviembre de 1910, a las seis de la tarde. Día en que realmente no pasó nada.

No obstante, la inconformidad general desatada por Madero provocó luego la renuncia del presidente Díaz en 1911, lo que disparó una guerra civil que duraría alrededor de una década y cobraría la vida de 10% de la población mexicana (lo que equivaldría a perder hoy más que la población conjunta de Jalisco, Colima, Nayarít, Aguascalientes y Zacatecas). Dejó física y emocionalmente afectada a la mayoría de los mexicanos.

Es hasta 1917 cuando apenas se tranquiliza algo la matanza y se inicia la creación del “mito revolucionario” por los hijos de quienes la sufrieron y quienes la gozaron. En 1940 el país logra una estabilidad suficiente para retomar cierto rumbo fijo que dura hasta que el gran temblor, la caída del sistema y el error de diciembre marcaron el ocaso de sus nietos. A los bisnietos les toca resolver el fin del petróleo que mantenía al “mito” e ingeniarse su propia historia futura.

En términos sencillos, nuestra revolución significó haber pasado de la dictadura personal de Porfirio Díaz a una “dictadura de partido” originalmente dominada por militares hasta que se volvió la “dictadura perfecta” de una democracia simulada. Se matizó en una “revolución institucionalizada” del Partido Oficial-Estado-Gobierno cuya vigencia caducó el año 2000.
Quitándose el velo de la leyenda, se empieza a reconocer que nuestra revolución y nuestra democracia no son equivalentes. Como tanto se quiso hacer creer, entre otras cosas.

Celebrar algo no es lo mismo que conmemorarlo. Uno significa festejarlo reunidos, el otro recordarlo juntos. Ambos se refieren a un sentimiento común sobre una memoria compartida. Ambos buscan no dejar morir la evocación de alguien apreciado, de algún acontecimiento, de algún sueño, de algo aprendido, descubierto.

Mientras las celebraciones siempre son regocijantes y se anticipan felizmente con júbilo, las conmemoraciones pueden ser también serenas, prudentes, lamentos. Incluso punzantes, porque a veces mantienen la memoria de pérdidas irreparables o de lecciones dolorosas de un pasado en cuyo olvido peligra su repetición. Para los mexicanos, no es claro si el 20 de noviembre es uno o el otro. Si es motivo de alegría o sigilosa advertencia.

Ciertamente, ahora a la siguiente generación se le hereda con las manos revolucionarias casi vacías. Se le inculca ver más bien hacia delante y menos por el retrovisor. Aunque no haya mapas precisos para guiar, ni caminos claramente trazados.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx