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Sábado, 22 de Septiembre 2018

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Despedida

Por: EL INFORMADOR


Durante 15 años he intentado dialogar sobre la realidad política y social desde este espacio semanal. Más de cinco mil artículos en los que a veces con perplejidad, en otras con angustia y en muchas ocasiones con indignación, busqué ofrecer algún ángulo adicional, un pliegue no atendido de una noticia, una pizca de esperanza en el dobladillo de una infamia.

El hecho de que se publique en 21 diarios y que varias docenas de lectores se tomen la molestia de responder cada domingo, indica que no han sido pocas las personas que han pasado por estas reflexiones a lo largo de los años. Pese a los errores cometidos, que tampoco han sido pocos, espero haber sido útil en la difícil construcción de un poco más de tolerancia en la llamada conversación pública.

Mentiría si dijera que escribí esencialmente para los lectores o para los amigos, como suelen decir muchos autores. Con el paso de los años me di cuenta que escribía por razones un poco más egoístas. Celebraba el arribo de la mañana de cada viernes como otros anhelan su dosis de diván psicoanalítico. Reflexionar sobre el tema de la semana acabó convirtiéndose en la única manera de exorcizar una realidad absurda y muchas veces insoportable. Y no es que escribir resolviera algo, pero el simple esfuerzo de intentar explicar una infamia o entender sus orígenes y consecuencias, permitía de alguna manera acotarla, definirla y etiquetarla.

¿Cómo digerir que el único “accidente” aeronáutico fatal en meses sea justamente el de los dos hombres más amenazados por el narcotráfico? ¿Cómo aceptar el hecho de que el asesinato de Colosio, y por consiguiente el cambio de la historia de México, haya sido una ocurrencia disparatada de un tal Aburto? Peor aún: ¿Cómo vivir con esta creciente certidumbre de que el narco y la inseguridad no van a irse, que han llegado para instalarse, que ya son parte del México que será? Gracias a este espacio semanal entendí que ponerle nombre y coordenadas a los problemas no los deja atrás, pero permite canalizar la angustia y afrontar la realidad.

Ésta ha sido mi última sesión “terapéutica” semanal. Hace unos días asumí la dirección editorial del periódico “El Universal” en la Ciudad de México. El trabajo de analista político, por más honesto y objetivo que intente hacerse, necesariamente refleja tendencias y matices personales. Nunca oculté mis preferencias por determinadas causas y mi rechazo a rasgos y proyectos políticos que considero adversos para la construcción de una sociedad más democrática y más justa.

Como director sigo pensando lo mismo, pero las herramientas son otras. La conducción de una planta editorial implica el respeto al conjunto de los periodistas y colaboradores que lo conforman. Pero, sobre todo, el respeto a las y los lectores y la opinión pública que espera de un diario información confiable y sólida, recabada y editada bajo códigos profesionales y ajena a las fobias y filias de sus directivos.

Con todo, extrañaré el diálogo y el contacto semanal con ustedes, mis lectores. Después de tantos años esta columna se convirtió en una conversación plena de coincidencias y disidencias, pero siempre aleccionadora. Me quedo con la convicción de que en este diálogo el más enriquecido he sido yo. Gracias por eso, gracias por todo.

JORGE ZEPEDA PATTERSON / Periodista.
www.jorgezepeda.net

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