Jueves, 16 de Octubre 2025

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De vivos y muertos

Por: EL INFORMADOR


Cuando los horizontes de la existencia se reducen a gozar el día de hoy, ni la vida ni la muerte tienen ya un verdadero sentido; y quien no le ve sentido a su vida, tampoco se lo ve a la vida de los demás.

Desde hace ya varios años se ha ido introduciendo en la sociedad un concepto según el cual la vida real comienza a los 18 años y se acaba a los 40; por vida real entienden estos “pensadores” la etapa en la que se puede producir al máximo, en la que se puede aprender al máximo y en la que se puede gozar al máximo. Vivir antes es prepararse y vivir después es prácticamente estorbar.

Lógicamente las personas que asumen así la vida no perciben que se encaminan al escenario que ellas mismas están montando, justo porque el futuro no les importa; por lo mismo, si llegan a los 40 años lo harán de golpe, y de golpe entrarán al mundo irreal de los sobrevivientes que no saben en qué se les fue la vida.

Por supuesto que esta conceptualización no afecta solamente al ciudadano común o a los antreros; ya desde el momento en que la empresa en sus diversos niveles solamente recluta personal menor de 40 años y a veces hasta menor de 35, se está enviando un mensaje que fortalece tal acortamiento de la vida real, aumentando la neurosis social por vivir el día, y después lo que venga.

En el entretanto la gente puede, para ganar mucho y gozar más, contratarse matando gente por docena, como se estila, aceptando que hoy mismo o a más tardar mañana, corran la misma suerte, igual da.

Este deterioro de la concepción humanista de la vida y del tiempo, reducidos a la intensidad del momento y a su calidad, explican igualmente la paulatina modificación de los usos funerarios en nuestra sociedad; al parecer cada vez más el muerto estorba, mientras más pronto se deshagan de él, mejor; así se halla hecho una buena faena, el “arrastre” se está volviendo rápido para todos. Y si tal prontitud para deshacerse de los difuntos quieren explicarla acogiéndose al estilo práctico de la vida, no hacen sino confirmar la hipótesis deshumanizadora que caracteriza esta nueva cultura, en la cual, la gratitud, la conservación de la memoria y los derechos mismos del afecto y del dolor son vistos como aberrantes, o en todo caso, como limitantes al trajín de lo cotidiano y a la búsqueda idealista de una vida que solamente quiere saber del placer.

Por lo mismo conviene asistir en estos días a los panteones, tal vez estemos presenciado escenas en vías de extinción, pues si al que muere hay que sepultarlo a la brevedad, del sepultado no habrá ya ni quién se acuerde.

Un ser humano que se corta así las raíces, y se acorta así el futuro, deberá enfrentar un mundo altamente riesgoso para la conservación de la vida, así se esté en la etapa productiva, si es que logra siquiera llegar a ella.

ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO / Licenciado en Historia.

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