Lunes, 17 de Noviembre 2025

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Contribuciones anónimas

Por: EL INFORMADOR


El progreso tecnológico hace que paralelamente a la moderna “sociedad del conocimiento” se desarrolle también un fenómeno reconocido como la “sociedad del riesgo”. En Guadalajara ya somos una sociedad de alto riesgo. Las catastróficas explosiones que vivió la ciudad hace 17 años, son quizás la prueba más notoria. Hay muchos otros ejemplos menos dramáticos, que a fuerza de aguantarlos tan repetidamente se han vuelto parte asentida del paisaje citadino.

Nuestro desarrollo urbano y técnico hoy crea nuevas formas de riesgo y malestar que imponen una peligrosidad distinta a la del pasado. Nos encaminamos hacia una nueva modernidad en la que el eje que estructura nuestra ciudad no es ya la distribución de sus bienes y virtudes, sino de sus males y vicios. No es ya el beneficio de nuestras riquezas, sino la minimización de molestias, riesgos, e inseguridad lo que agita hoy a la gente.

Aprender a reconocer y convivir con este nuevo orden de riesgo plantea a nuestra ciudad importantes cuestiones de carácter múltiple. Aparecen, por ejemplo, problemas relativos al papel de los expertos en la elaboración de las políticas públicas encaminadas al manejo y regulación del riesgo y la seguridad pública. Se plantea también la cuestión de la justicia en la distribución social de los riesgos y la participación ciudadana en su gestión.

¡Yo no fui!, es la primera respuesta que surge al hacernos notar las consecuencias de actos detrimentales como son la contaminación del aire, de los ríos o los suelos del campo. El árbol plantado bajo el cable eléctrico que fastidiará cuando crezca. La basura tirada desde el coche, el camión o por el transeúnte a quien le estorba ya sin saber más que hacer que aventarla a la deriva. Los graffitis y las publicidades que a fuerza de estar superpuestos y encimados ya no se distinguen como mensajes claros, sino como collage de dudoso sentido e invalidez estética.

¿De dónde surgen tantos riesgos y fealdades en la ciudad? ¿A quiénes se les ocurrieron tantas normas y leyes tontas cuyas secuelas nefastas todos tenemos que aguantar? ¿Quién impuso las riesgosas vialidades mal diseñadas que además provocan los malos hábitos de tránsito?

Cuando lo hacen muchos, resulta que no lo hace nadie. Cuando muchos son culpables, nadie lo es.

Y así nuestra ciudad está siendo cada día más el resultado provocado por las contribuciones anónimas de los individuos comunes y corrientes que, en el mejor de los casos, ni nos damos cuenta de las consecuencias de nuestros actos; y, en el peor de ocasiones, por quienes aprovechan el anonimato para desquitarse sus frustraciones y complejos emotivos mediante propósitos malignos y actos destructivos.

El daño al medio ambiente y el deterioro de la seguridad en el espacio público son quizás el mayor resultado de esas contribuciones anónimas. Ante esto, los gobiernos se han mostrado insuficientes para dar solución a aquellas acciones que las mayorías emprenden. No sólo es que la costosa repercusión a sus intereses electorales y económicos siempre los asustan, sino que simplemente nunca podrán compensar las afectaciones negativas causadas por una población que, por su mera magnitud, rebasan cualquier intento.

Nuestros males comunes serían irremediables sin el esfuerzo consciente y la intención sincera contribuidos por esa cantidad suficiente de ciudadanos particulares que se empeñan en corregir, con pequeñas acciones, aquello que de otra manera nunca se haría.

Por más impalpable y anónima que una acción sea, cada granito de arena significa mucho.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx

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