Viernes, 24 de Octubre 2025

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Conmemoraciones de tragedias

Por: EL INFORMADOR


El 11 de septiembre evoca dos tragedias internacionales: una en la república de Chile, y otra en Nueva York. Hace 35 años, una violenta sublevación militar terminó con el Gobierno constitucional que presidía Salvador Allende; al derrocamiento sangriento en el Palacio de la Moneda, de Santiago de Chile, le siguió la destrucción humana, social, institucional y moral, todavía no cuantificable. Un hecho concreto es cómo aún hay búsquedas de recién nacidos que fueron literalmente regalados a esbirros del Gobierno por los carceleros de los padres que los procrearon.

De esa tragedia nacional chilena, acerca de la que se han escrito cientos de libros, quisiera subrayar la injerencia estadounidense, que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se extendió por el Continente Americano, su área de influencia tradicional, que logró imponer el modelo administrativo, financiero y comercial que tantos perjuicios ha causado: adelgazamiento del Estado, la privatización generalizada de bienes públicos, la apertura de las fronteras nacionales al libre comercio, la liquidación de los programas sociales y de los subsidios a la producción y al consumo, la transferencia a empresas privadas de responsabilidades gubernamentales básicas como salud, educación y seguridad, el desmantelamiento de las bases jurídicas del bienestar de la población, la contención salarial con el pretexto de la lucha contra la inflación, la reducción de los impuestos a los grandes capitales y, para compensarla, el incremento de las tarifas de bienes y servicios públicos.

“¿Por qué nos odian?”, se preguntó, unos días después del atentado terrorista, el presidente George W. Bush, mientras su país y el mundo se estremecían en ese otro 11 de septiembre de hace siete años, que pretendió ser una respuesta criminal a las injerencias de la potencia planetaria en Medio Oriente y Asia central. Pero, en vez de tomarse el trabajo de comprender las causas de los sentimientos antiestadounidenses, el gobernante se dio a la tarea de multiplicarlas y profundizarlas. Con el pretexto de vengar los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono y de fortalecer la seguridad de sus conciudadanos, Bush ordenó un sangriento ataque contra Afganistán y la ocupación militar de ese infortunado país.

Además, ante la sociedad norteamericana, Bush se hizo dueño de un discurso alarmista y mentiroso para concitar el respaldo de la población a su desbocado militarismo, y en marzo de 2003 atacó a Iraq y hundió a su Gobierno y a varios de sus aliados en una guerra genocida, ilícita y corrupta que ha causado cientos de miles de víctimas, daños materiales incalculables y una situación de catástrofe no muy distante a la extinción nacional, así como la muerte de unos cuatro mil 500 estadounidenses, entre militares y paramilitares —muchos más que los fallecidos el 11 de septiembre de 2001—, más de 30 mil heridos, muchos de ellos con daños permanentes. Económicamente hay dispendio o desvío de cientos de miles de millones de dólares y una degradación política, moral y diplomática como no recordamos.

Más que la coincidencia de fechas, hay una continuidad de la barbarie entre el bombardeo golpista del Palacio de la Moneda chileno y la demolición terrorista de dos emblemáticos edificios neoyorquinos, 28 años más tarde.

Una misma nación está vinculada con ambas tragedias. Eso sería suficiente para que se reflexionaran los sucesos. Es oportuno ahora que están al borde de una elección presidencial.

MARTHA GONZÁLEZ ESCOBAR / Divulgadora científica. UdeG.
Correo electrónico: marttaggonzalez@yahoo.com.mx

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