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Jueves, 14 de Diciembre 2017

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Burros y elefantes


Las elecciones actuales de Estados Unidos repiten en términos generales la misma polarización que se dio en 2000 y 2004. El mayor espectáculo electoral del mundo democrático otra vez incita en el público internacional más de un salto en el ritmo cardíaco, y ha provocado mucha discusión mediática y respiros detenidos, habiéndose ya perfilado el favorito en la persona del senador Obama.

Impresiona la facilidad con que se polariza la sociedad estadounidense, lo serio que se lo toman y la soltura con que se supera la feroz tensión generada (que para otros pueblos una dosis bastante menor ya hubiera provocado grandes crisis irreversibles). Ésta es la naturaleza bipolar del sistema político de la cultura estadounidense que vio su prueba máxima histórica en el siglo XIX con la Guerra Civil que los llevó hasta la abolición de la esclavitud y el reconocimiento de los derechos individuales más allá de la raza. Esta bipolaridad se simboliza en su escudo nacional: el águila, que por un lado lleva las hojas pacíficas del olivo, y por el otro las flechas intrépidas de la guerra.

Los Estados Unidos de América nacieron como la primera democracia moderna, declarando su independencia frente la corona británica en 1776. Se reconocieron las colonias neoinglesas a sí mismas como constituidas por algo diferente: un espíritu que se permite cuestionar la sumisión al Gobierno que no le sirve, sustentándose básicamente en dos principios universales: los derechos individuales y el derecho a la separación de las relaciones malsanas.

Por contraste, la democratización del pueblo francés poco después fue resultado de un proceso de descabezamientos literales, traiciones paranoicas, resentimientos, conspiraciones y sucesivos derrocamientos, rediseños y reintentos por estar reformando continuamente lo establecido. Estos dos modelos “hermanos” han marcado, en forma general, el proceso de la democratización que la faz del planeta ha visto combinar repetidamente los últimos dos siglos. Son las dos referencias que han inspirado las variopintas revoluciones que buscan promulgar la democracia como forma de convivencia. México incluido.

Los tiempos modernos han mostrado que entre más concentrado está el poder en la persona que gobierna, más es la tendencia hacia la bipolarización en el momento del relevo o la sucesión; porque mayor es la potencia necesaria para enfrentar aquellas fuerzas ya establecidas en el poder y que resisten dejarse desplazar. En México tratamos de institucionalizar en el Instituto Federal Electoral (IFE) lo que por muchas décadas se resolvía con el “dedazo” corporativista y clientelar.

Los estadounidenses lo resolvieron a su manera en el sistema del Colegio Electoral que organiza el voto por entidades federativas. A cada Estado le corresponde una cantidad fija de votos. Con la predominancia del método “winner takes all” (quien lleva mayoría lleva todo el voto estatal), este sistema consiente polarizar al país en dos partidos principales y enfrentarlos despiadadamente cara a cara, permitiendo que afloren con relativa confianza sus sentimientos más profundos. Tiene la característica de generar y encauzar fuerzas, voluntades, pasiones y opiniones encontradas.

Aunque los resentimientos y apasionamientos tiendan a nublar y sobreponerse a la razón, al final del día se acepta sumisamente el resultado que fuera. Con el lema “In God We Trust” (en Dios confiamos) se explica tan dócil resignación ante las espantosas vergüenzas y acusaciones salpicadas a lo largo de la campaña entre burros demócratas y elefantes republicanos.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx

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