| Banquetazos urbanos Por: EL INFORMADOR 21 de julio de 2008 - 23:00 hs Hoy por hoy, nuestra ciudad esconde su cara entre sonoros embotellamientos, fachadas grafitiadas y tras las seductoras ilusiones prometidas en los espectaculares publicitarios que compiten por el paisaje de los frágiles árboles decrépitos (de cuyas ramas mutiladas y raíces estranguladas apenas se sostienen vivos) hasta que un mojado soplo veraniego llega y los acuesta para siempre. Practicamos la amnesia voluntaria haciendo caso omiso, por ejemplo, del futurista proyecto de “Tren Ligero”, dejándolo a medias y conformándonos con dos líneas truncas y una intersección semigloriosa, prefiriendo mejor saturar las calles de coches y camiones inubicuos. Preferimos aumentar el caudal a la red de distribución del agua potable en lugar de reparar sus fugas de “oquis”. Y construimos sobre arroyos superficiales para terminar socavando el subsuelo. Bajo los cables eléctricos plantamos árboles como si éstos jamás fueran a crecer hacia arriba (o necesitar extender sus raíces estranguladas) y cuando los mutilamos (so pretexto de poda), los dejamos desahuciados, listos para caer durante la siguiente temporada de chubascos, aplastando a los mismos coches inubicuos. Todos, al salir de nuestros hogares (al cruzar la misma puerta de la casa que resguarda nuestra privacidad) entramos (¿salimos?) al espacio público. Aquello que compartimos todos. Donde nos movemos y nos encontramos todos. Donde intercambiamos miradas, servicios, mercancías y gestos. Entramos desde el primer paso al mundo de la banqueta, que en nuestra ciudad predomina en un lamentable estado patético. Las banquetas sufren por ser demasiado angostas, dispares, agrietadas y sucias. Están invadidas por basuras y coches mal estacionados; por raíces aprisionadas; por hoyos repletos de negligencias acumuladas; y apestan contaminadas por humos vehiculares chafas. Imponen las torturas ruidosas de malas ondas sonoras y nos enredan el paisaje con estopas colgantes del cableado en telefonía, telecable y electricidades mayores. De sus alcantarillas escurren desechos olorosos que a menudo se fugan entre charcos y pisadas. Postes y propagandas marcan la jungla de obstáculos a librar entre los trayectos que buscamos para llegar de un lugar a otro; o simplemente buscar algún espacio para estar bien. Nuestro ámbito banquetero es sólo apto para los valientes diestros, los muy necesitados o los zombis. Y esto solamente para llegar a la esquina. En la gestión del espacio público despreciamos las primicias universales de organización y administración, sustentadas en los principios básicos de la unidad de mando y la de dirección. Como el espacio público es plural por naturaleza, esto implica que la mayor necesidad de unidad se encuentra preservando la diversidad. El éxito de toda sociedad reside en saber sortear esta contradicción. Es paradójica nuestra ciudad metropolitana en la que escasean la función pública, la arquitectura y el urbanismo, pero donde abundan los funcionarios públicos, los arquitectos y los urbanistas. El principal problema se debe a que sobre el territorio urbano imperan muchas autoridades empeñosas; todas parciales en su especialidad y jurisdicción y ninguna atendiendo el todo completo, íntegro. No basta consolarnos con la excusa de que lo que pasa con nuestras banquetas es una muestra de lo mismo que le ocurre al país entero. No es que falte autoridad sino que la hay demasiado fragmentada, dispersa, ausente; cada cual por su lado, atendiendo sólo lo suyo. Aquí cabe la advertencia sabia de las abuelas sobre las muchas actividades de la cocina, evocadas a preparar los banquetes. A saber, “demasiados chefs echan a perder la comida”. NORBERTO ÁLVAREZ ROMO/ Presidente de Ecometrópolis, A.C. Correo electrónico: nar@megared.net.mx Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones