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Sábado, 16 de Diciembre 2017

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Baños de pueblo

ENTRE VERAS Y BROMAS               

Tiempos hubo, señor Don Simón, en que las visitas presidenciales a ciudades “del interior”, servían para que “el primer mandatario de la nación” (como decían, con voz engolada, los locutores de “La Hora Nacional” en la época en que era casi inevitable oírla porque aún no aparecía en escena la televisión para aportar opciones tales como las finales de los “reality shows”... y, por supuesto, los sesudos análisis de las jornadas futboleras dominicales) se diera, de tiempo en tiempo, su dosis de “baños de pueblo”.

—II—

Los más ancianos de la comarca rememoran la escena de Don Lázaro Cárdenas recorriendo a pie, con su señora esposa del brazo, las calles del centro, e incluso haciendo escala técnica para unas cuantas compras en las zapaterías de Guadalajara, hasta llegar, llevando él mismo las correspondientes cajas, a Palacio de Gobierno. En tiempos menos lejanos, los altos que hacían las comitivas de Adolfo López Mateos en puntos de la ciudad en que era notorio que los vecinos se reunían con la simple intención de saludarlo... y, eventualmente, para entregarle una carta con la atenta y comedida petición de que les cambiaran, por borrachín, al policía del barrio.

En años posteriores, las visitas del gran tlatoani en turno eran pretexto para que los virreyes autóctonos hicieran gala de lambisconería y servilismo: se barrían y hasta se balisaban las calles por las que circularían “El Señor” —así, con mayúsculas— y sus “distinguidos acompañantes”; se podaban los árboles; la tarde anterior se colocaba pasto en rollos en camellones y jardineras; se colgaban carteles con fotografías del aludido, y emotivas leyendas de bienvenida: “Jalisco lo recibe de pie y trabajando, Señor Presidente”.

—III—

Cambian los tiempos, cambian las costumbres. Hoy que se sabe que el Presidente Felipe Calderón viene a Guadalajara, a una reunión nacional de organismos y empresas dedicadas al saneamiento de aguas —reunión que lo mismo se realizaría con su augusta presencia que sin ella—, los aldeanos, en su mayoría, entienden, porque eso han aprendido de la experiencia de los últimos años, que su visita no les genera ningún beneficio... y sí, en cambio, a cientos de miles sólo les genera incomodidades y contratiempos.

¡Quién lo dijera, señor Don Simón...!

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