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Jueves, 23 de Noviembre 2017

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Amanece

El Premio Reina Sofía a un mexicano cierra, como eficaz antídoto sicológico, los 15 días que conmovieron al mundo.
Cuando nadie lo esperaba, llega como viento fresco el reconocimiento a una labor asombrosa por su cuantía y calidad, a un autor vivo cuya obra engrandece el patrimonio cultural de Iberoamérica.

Cristina y José Emilio Pacheco forman una rara pareja de intelectuales prolíficos de tiempo completo, dedicados sin divagaciones al cultivo de la literatura en sus niveles más elevados. Ella es la mejor cronista de mi ciudad, si consideramos la ciudad como lugar donde nacen, viven, se reproducen y mueren seres humanos.
Su esposo, José Emilio, es el premiado. Tiene 70 años y le preocupan tanto sus enfermedades, que en curarlas gastará los 56 mil dólares que acompañan el diploma. Si hubiera que calificarlo con brevedad estricta, diríamos de él que es tan modesto como honesto. Modesto hasta la humildad de una dedicación monacal a su trabajo constante. Honesto en la solidez y cuidado de sus poemas, ensayos, traducciones, cuentos y novelas inolvidables como El Viento Distante y las Batallas en el Desierto, entre las mejores escritas en México en el siglo XX. Suele decirse, lugar común, que un premio es merecido. Lugar común o no, nunca tan bien dicha la frase al calificar esta adjudicación que honra a nuestro país.

País que ya lo necesitaba. La adversidad nos ha dedicado especial atención que no merecemos. Como en el chiste judío del pueblo escogido: “Señor, ¿por qué no escoges de vez en cuando a otro?”. Tantos problemas nos han caído de pronto que sería más corta una lista de lo que no nos ha pasado. Lo último, la epidemia de como se llame que nos ha dejado, más que otra cosa, algunas frases para la historia.

Imposible dar lugar a todas. Por respeto jerárquico anotamos la del Presidente Felipe Calderón al hablar del virus: “Aquí hemos defendido a toda la Humanidad”. La frase es buena. Nos hace recordar a ese inglés de bombín, se me escapa ahora su nombre, que en ocasión seguramente no tan trascendental resumió el heroísmo de sus pilotos: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”. En el caso de la epidemia es justo resaltar que la humanidad extranjera salió mejor librada que la humanidad autóctona, porque mientras aquélla sólo registró dos muertos entre seis mil millones de personas, la nacional comprobó 45 entre 100 millones, lo cual, proporcionalmente, equivale a una mortandad abrumadora. Nosotros tuvimos la culpa, dijo el secretario de Salud en otra frase memorable, porque eso les pasa a los muertos por llegar tarde.

 Me desvié. No era mi intención abundar en los comentarios de la epidemia ni menos en la anécdota inagotable. Quise dedicar este Bucareli a mis amigos los Pacheco, en especial a José Emilio, por su premio. El nuestro ha sido, desde hace muchos años, su producción literaria. Es la hora de la relectura. Volveremos a ser el muchacho de la colonia Roma enamorado de su maestra, o la víctima de la persecución racial. En el mejor español posible se unen la inteligencia, el talento, la erudición. En su caudal arrollador hay de dónde escoger.
Y lo que nos falta.

JACOBO ZABLUDOVSKY / Periodista.

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