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Viernes, 22 de Noviembre 2019
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— “¿Y...?”

Por: EL INFORMADOR

Supongamos, como un mero ejercicio de lógica (como quien somete a las meninges a sesiones de gimnasia sueca o como quien pone a las neuronas a hacer ejercicios aeróbicos), que la Catedral se cae...

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Se trata, en ese plan de especular, casi del más catastrofista de los posibles escenarios vinculados a los temores que externó en días pasados el cardenal arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, en el sentido de que el tránsito del Macrobús por la Avenida Alcalde —como lo contempla el proyecto de la Línea 2— podría dañar al más emblemático edificio de la ciudad. “Casi el más catastrofista de los escenarios”, subrayémoslo, porque está científicamente comprobado que cuando se supone que las cosas ya no pueden empeorar... empeoran. (Una de las múltiples variables de la Ley de Murphy es lapidaria: “Nada es tan malo que no pueda ser peor”).

A todos los trabajos periodísticos precedentes, acaba de agregarse otro (“Mural”, XI-19-09). Ilustrado con gráficas que muestran los daños evidentes en bóvedas y columnas y el deterioro en algunos elementos ornamentales —huellas del paso de ese gran depredador que es el tiempo, sí... pero también de los cientos de vehículos que todos los días circulan a escasos metros de la (dígase en contra todo lo que se quiera) hermosa y entrañable mole—, el reportaje se centra en las doctas opiniones de Monseñor Rafael Uribe Pérez, coordinador de la Comisión Diocesana de Arte Sacro.

El temor de los expertos de dicha Comisión —dice Monseñor Uribe, quien a su rango en el gobierno eclesiástico agrega el título académico de ingeniero— es motivado por las grietas y desprendimientos que desde tiempo atrás presentan las torres y la parte alta de la fachada central, y que con las vibraciones del Macrobús podrían ser más severas”.

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Lo dicho: llevemos el pesimismo hasta el extremo. Supongamos que se produce algún desplome significativo en la Catedral. Más aún: supongamos que el diablo en persona mete la cola, que se registra un sismo de dimensiones mayores a las habituales... y que —¡horror...!— se derrumba toda ella... ¿Qué haríamos?... ¿Invocar a los personajes que comenzarían su declaración con el consabido “se los dije”...? ¿Lamentarnos?... ¿Maldecir?... ¿Desgarrarnos las vestiduras y cubrirnos la cabeza de ceniza?...

Por favor, señor: por una vez, seamos serios. Puesto que de la Catedral se ha dicho que es “una armoniosa colección de mediocridades arquitectónicas”, la coyuntura se aprovecharía... para construir otra. Obviamente, mejor. Y punto...

Avales de esa conclusión —monumento al pragmatismo— serían ¡toooodos! los primores con que Guadalajara ha acrecentado su patrimonio urbano e incrementado las joyas arquitectónicas que la engalanan. (Usted dirá por dónde quiere que empecemos la lista...).

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