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Jueves, 18 de Octubre 2018
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México

La falsificación de la realidad

Jonathan Lomelí

¿Mataron al hijo del Mencho? ¿Se acabó el financiamiento para los trasplantes de riñón en niños? ¿El Papa mostró su apoyo a Trump? Todos estos son ejemplos claros de la manipulación de noticias. Jonathan Lomelí analiza este fenómeno en la primera entrega de su videocolumna Astrolabio.

Análisis

Una fake news es todo menos un error. No buscan convencer sino confundir. Su propósito es deliberado: envilecer el ecosistema informativo (vilify) y distribuirlo a gran escala en la red (amplify).

¿Su diferencia con el error periodístico? Un medio tradicional puede ser sometido a la ley de imprenta y rectificar un dato erróneo. Una fake news, sin autor ni fuente aparente, busca envenenar el discurso público, alterar la percepción de la realidad. Siempre para radicalizar un sesgo ideológico, con fines políticos, en aras de la rentabilidad comercial de un sitio (en Europa empiezan a surgir startups de fake news) o, en el peor y no menos común de los casos, por diversión o atracción de seguidores.

La Unión Europea apenas abrió un debate en busca de una estrategia legal y educativa para combatir la información falsa en Internet. Su consumo y su producción son dos aristas de un mismo problema. Igual que otros retos para el mundo globalizado, como el terrorismo y la inmigración masiva, los eurodiputados catalogaron a las fake news como una amenaza para la estabilidad de las naciones.

Sobreproducción de la verdad

El problema es que, como nunca, no sólo es fácil fabricar un hecho sino también “evidencias” que lo soportan. La falsificación de la realidad está al alcance de cualquiera con un teléfono móvil conectado a Internet. El discurso público se fragmenta, se erosiona y pierde consenso. La verdad se abarata: ya no requiere un respaldo fáctico sino una pauta en Facebook. Pocos repararon con atención en la comparecencia de Colin Stretch, Consejero General de Facebook, sobre la intervención rusa en la pasada elección norteamericana. Reconoció que en dos años, la Internet Research Agency (IRA), órgano de producción de información falsa a cargo del Kremlin, gastó 100 mil dólares en promocionar 80 mil piezas de contenido falso que al final impactaron en el resultado de la contienda. Entre ellas, la noticia falsa que aseguraba que El Papa apoyaba a Donald Trump y que se expuso ante millones de internautas estadounidenses. ¿Cien mil dólares por influir en la elección del país más poderoso del planeta? Las fake news casi no cuestan, pero tienen un alto costo.

Un grupo de especialistas del Visual Computing Lab de la Universidad Tecnológica de Munich, encabezados por el profesor Matías Nießner, presentaron en 2016 un software que permite, con una simple cámara web, recrear y manipular en tiempo real la gesticulación de un orador para hacerlo parecer que expresa lo que no está diciendo. Sólo basta el software adecuado, un video de YouTube y un actor real que recree las gesticulaciones. Los alcances de esta tecnología se utilizan desde hace 30 años en películas de animación como El Señor de los Anillos o Benjamin Button. La diferencia, ahora, es que este portento tecnológico en el cine está cada vez más cerca de cualquiera. Su “logro” consiste en que el producto falso es indistinguible de un video real. Los métodos de falsificación de la realidad cada vez serán más pulcros, más masivos y más efectivos.

La era de la desconfianza

El potencial impacto de la desinformación crece al mismo tiempo que se reduce la credibilidad en las instituciones: gobierno, prensa, especialistas y expertos.

¿En qué creemos? Las fuentes veraces se reducen a una sola: nuestra opinión con un alto grado emocional. Padecemos la denominada Era de la Posverdad: sin una common ground, la verdad siempre tiene un hecho alternativo (alternative facts, los llama el inquilino de la Casa Blanca). Nada es creíble, todos mienten: el gobierno, los medios de comunicación, las instituciones maquinan contra nosotros. Las teorías de la conspiración viven un auge: la bandera izada al revés por el Ejército, frente a Enrique Peña Nieto, es un mensaje de las Fuerzas Armadas contra su mandato y figura. El Ejército, como el “pueblo”, tampoco quiere al Presidente.

En México sólo 28% confía en el gobierno y apenas el 48% otorga credibilidad a los medios cuando en 2016 esta última cifra alcanzaba el 58%3, según el Edelman Trust Barometer 2018. Cada año, las policías municipales, de tránsito, federal, jueces, fiscales, Ejército y Marina, todos son más corruptos a ojos de los mexicanos. En un promedio general, los cuerpos de seguridad e impartición de justicia son desconfiables para dos terceras partes de la población.

Katherine Viner, editora en Jefe del diario The Guardian, sostiene que acontecimientos como Trump y el Brexit (o más recientemente, fenómenos como el movimiento en Estados Unidos que niega que la Tierra es redonda) son producto no sólo del populismo y el fanatismo sino del debilitamiento de la prensa tradicional. Una prensa cuyo reto no sólo es tecnológico y económico sino de credibilidad y promotora de la cohesión del discurso público. Una democracia liberal necesita de medios robustos y autónomos que verifiquen, contrasten y agoten la exposición de puntos de vista como un antídoto contra la falsificación en línea. De ahí la importancia de iniciativas como #Verificado2018, un proyecto colaborativo de verificación del discurso y contra noticias falsas a nivel nacional, y del cual forma parte EL INFORMADOR.

Esta irritación social y descreimiento de las instituciones, merecido o no, es el ecosistema perfecto para hacer redituable la desinformación con fines políticos. Por eso la mayoría de los países que este año impulsan una discusión para su regulación, sobre todo en Europa, expresan su preocupación por el fenómeno particularmente en periodos electorales.

Explotar aquello que divide a una sociedad, llevarlo al paroxismo, multiplicarlo. Acentuar nuestras diferencias, cuestionar los derechos individuales universalizados o universalizables: al matrimonio igualitario, a la adopción homoparental, a la despenalización de las drogas. Todos son objetivos perseguidos por la desinformación profesional.

Supongamos que no leemos

Planteemos un caso hipotético en que una historia se expande por la red de forma viral. La viralidad, en esencia irreflexiva, es un acto reflejo que impone una respuesta impulsiva: la premisa de interactuar y expresarse a toda costa. En esa escalada reactiva, nadie atiende el contenido; todos reparan sólo en el titular. Una vez catalizado el bólido incandescente e insertado en la “conversación” en línea, alguien desafía la lógica instantánea: lee el contenido. Plantea una excepción, disiente, matiza y promueve la alteridad. De inmediato es expulsado de la “conversación”. Toda la discusión y rechazo a cualquier argumento cabe en una sola expresión: #MeToo. El debate diferencia; la viralidad uniforma.

Ya ocurre hoy en alguna medida: seis de cada diez noticias compartidas en redes sociales no han sido leídas por quienes las difunden. Hoy, la tercera parte de alumnos que egresa de la secundaria en México tiene “carencias fundamentales” de lecto-comprensión: distinguen un texto escrito de una ecuación, pero no pueden interpretar su sentido y su relación. Esto equivale a identificar a un hombre en un restaurante y distinguirlo de una planta, pero ignorar su papel (mesero, comensal, cajero) sin comprender cuál es su función e interrelación con el resto.

Somos un campo fértil para la desinformación.

La imparcialidad de la red

Hay actualizaciones en Facebook cuya “relevancia”, según un misterioso algoritmo, es nula. Hasta una cuarta parte de los mensajes que se comparten en la red jamás son mostrados a alguien distinto al autor.

Imaginemos una escuela, al fin una red social, en donde lo expresado por uno de cada cuatro alumnos no es “relevante”. Y por otro lado, se imparten materias con contenidos falsos porque la institución es de naturaleza “abierta” como el open Internet, el clamor de una era. Tomarse a pecho la “libertad” de Internet equivale a pensar que todo marcha bien en esa hipotética escuela y que, en aras de un principio utópico de igualdad y libre expresión, no necesita reglas ni una nueva ética.