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Lunes, 21 de Octubre 2019
Jalisco | Adolescente indígena muere en la miseria y en el abandono

Falla la estructura del Estado en protección de la familia

Desnutrición, enfermedades, extrema violencia intrafamiliar, falta de vivienda digna, carencia de servicios públicos, analfabetismo y desempleo fueron el menú diario de Tereso, indígena que falleció luego de una terrible agonía el 12 de enero de 2009 en el Hospital Civil de Guadalajara

Por: EL INFORMADOR

Desde niño, Tereso proyectaba debilidad y desolación. El majestuoso escenario de Cañón de Tlaxcala: una pequeña comunidad asentada en la delegación de Tuxpan de Bolaños, en la Zona Wixárika (huichola) de Jalisco, contrastaba con la extrema pobreza que resistió hasta la adolescencia. El “nariz de conejo”, como le apodaban sus amigos, murió a los 16 años de edad el 12 de enero de 2009. Uno menos entre los más de 44.7 millones de mexicanos en pobreza.

El paraíso interior de Tereso se oscureció desde la infancia. El alto rezago social y la violencia intrafamiliar que le impuso su padre, Felipe López González, lo dejaron al margen de derechos humanos esenciales. Su madre y cuatro hermanos se agregan a la lista de víctimas, desamparados por las autoridades. Alto grado de desnutrición, enfermedades, falta de vivienda digna, carencia de servicios públicos básicos, analfabetismo y arduos trabajos para subsistir iban incluidos en el diario vivir y son el pan de cada día para un buen número de familias en Tuxpan de Bolaños, situada a más de tres horas de viaje en camión desde la cabecera municipal de Bolaños, por una peligrosa terracería. A pie, como anda la mayoría de los más de dos mil indígenas que ahí habitan, el recorrido puede superar las 50 horas.

El joven wixárika soportó de todo hasta la muerte de su madre. Hace casi dos años la encontraron colgada de un pañuelo rojo en la rama de un árbol en Cañón de Tlaxcala. Presuntamente se decidió por la muerte, empujada por las agresiones físicas y verbales de Felipe, quien además de alcoholizarse con frecuencia se relacionaba sexualmente con otras mujeres; las obligaba a cumplirle sus placeres, amparado por los usos y costumbres de los indígenas, que impiden la intervención directa de la seguridad pública. Para Tereso, la desaparición de su madre fue determinante para dejarse vencer por las adversidades. Incluso intentó afrontar a su padre, pero sucumbió ante la diferencia de fuerzas y, a los 15 años de edad, en 2008, fue expulsado a golpes del hogar.

Separarse de la familia se conjugó con la continua presencia de enfermedades. Estaba acostumbrado a pasar días sin alimento, pero la debilidad lo agobiaba y sentía quebrarse contra el viento mientras el sol le carcomía la pálida piel y los huesos en horas de trabajo. El cemento, la tierra o cualquier banca eran una cama de agujas que le impedía conciliar el sueño. Lo mismo sentía durante los últimos años que pasó con su familia. La colchoneta sobre la que dormía en el piso de tierra de su casa (hecha de piedra, adobe y paja), era testigo del dolor que le afectaba sobre todo en la columna y le hacía imposible descansar. Continuamente sufría de fuertes dolores de cabeza y ardía en temperatura; le costaba trabajo respirar. La falta de dinero y la lejanía de los servicios médicos le impedían recuperarse de los malestares.

Vagabundeando, trabajó en la siembra y cosecha de maíz y frijol, así como en tareas de albañilería, oficios a los que desde niño dedicaba largas horas bajo el azote del sol. Con su familia tenía dos opciones: trabajar en comunidades alejadas de lo que fuera o sembrar maíz y frijol para el autoconsumo —una de las características principales de la religión wixárika es la asociación entre maíz, venado y peyote (planta cactácea cuya ingestión produce efectos alucinógenos y narcóticos). Su mitología hace referencia a estos elementos, así que los rituales, festividades, organización material y temporal de la vida giran alrededor de éstos. El maíz y el venado representan sustento; el peyote es el modo más importante para trascender del mundo profano, y la manifestación material más obvia de lo sagrado—.

Detonante


Tereso vagaba de aquí para allá, entre municipios de la Zona Norte de Jalisco, hasta que pagó una cuenta ajena: un par de wixaritari (forma plural de wixárika) lo golpeó salvajemente por deudas económicas de su padre, el 27 de diciembre de 2008. Ese día se presentó lesionado en la comandancia de la Policía Municipal de Chimaltitán (población colindante con Bolaños). Juan “el huichol” era el aludido por la golpiza, junto con otro indígena que no fue identificado. “No pudimos atrapar a los agresores —recuerda José David Ramírez Naranjo, director de Seguridad Pública—, se dieron a la fuga en la Sierra. Los indígenas son muy bravos, sobre todo cuando están alcoholizados. Dejaron muy lastimado al joven, tuvo que ir al centro de salud para su atención”.

Días después, la suerte de Tereso (quien hablaba poco español) parecía cambiar. El domingo 4 de enero de 2009, arrastrando secuelas de la golpiza, el presidente municipal de Chimaltitán, Basilio González Rodríguez, fue compasivo: “Tereso deambulaba por la noche en la plaza de la colonia Agua Caliente; lo vi lesionado y me comentó que unos huicholes lo golpearon. Me platicó que su madre falleció y su papá lo corrió de su casa y decidí llevarlo al asilo de ancianos del municipio para que viviera unos días allí mientras se recuperaba”.

El indígena había encontrado donde comer, dormir y protegerse del frío. El resguardo que ofrecía el alcalde le hacía recordar la efímera etapa en la primaria de Tuxpan de Bolaños. Desertó porque tenía que trabajar para comer y ayudar económicamente a su familia. En aquel tiempo sus compañeros le apodaron el “nariz de conejo”, por el enrojecimiento que le causaba el frío, clima imperante de la zona. Su atuendo, como el del resto de los wixaritari, era insuficiente para enfrentar los severos inviernos: un “huerruri” (pantalón largo de algodón, decorado con diseños simbólicos tradicionales en la vuelta del pantalón, bordado en punto de cruz) y una “kamirra” o “kutuni” (camisa larga abierta a los lados y atada a la cintura con un “juayame”, que es una faja gruesa y ancha de lana o estambre).

Durante los primeros cinco días en el asilo de Chimaltitán, salía en ocasiones a trabajar en lo que fuera. Regresaba con una bebida energizante porque se sentía débil. “Se miraba decaído, siempre estaba muy callado”, recuerda Socorro Yáñez, encargada del turno matutino del albergue. El sábado 10 de enero no pudo levantarse de la cama. “Manifestó sentirse muy mal, por lo que personal del asilo llamó al médico municipal, quien recomendó trasladarlo al hospital (de Primer Contacto) de Colotlán (a cargo de la Secretaría de Salud Jalisco). El problema es que ese día y al siguiente no abrió el centro de salud y no se pudo conseguir la hoja para el traslado. Estaba muy amarillo y vomitaba mucho”, precisa Socorro Yáñez.

Agonía


La espera hizo mella en la salud de Tereso. El lunes 12 de enero fue revisado nuevamente por el médico municipal, que reiteraba la urgencia de trasladarlo a Colotlán. Independientemente de los golpes que presentaba por la pelea con indígenas, le diagnosticó una neumonía. El wixárika apenas podía ponerse en pie. Sus pasos eran lentos. “El huicholito no andaba tan mal, pero se puso muy enfermo”, anota María de la Luz Martínez Rico, encargada del turno vespertino del albergue. “El domingo comió bien, preparamos menudo y comió dos veces en la mañana; comió y volvió a cenar. Le dije que si no le hacía daño, pero me contestó que no, moviendo la cabeza. El lunes ya no pudo desayunar, se quejaba mucho”.

Al mediodía llegó la ambulancia para el traslado. María de la Luz acompañó al wixárika. El camino era largo, y luego de dos horas y media arribaron al hospital, donde Tereso fue canalizado y le realizaron exámenes de sangre. El diagnóstico exigía un nuevo traslado: debía ser atendido con urgencia en el Hospital Civil de Guadalajara. “No lo podía creer —menciona María de la Luz—, Tereso estaba muy grave. Necesitaba sangre de urgencia, si no, podía morir. El problema es que el Hospital de Colotlán no sirve para estas enfermedades ni para muchas otras. No le pusieron sangre porque en toda la región (Norte de Jalisco) no hay banco de sangre. Me dijeron que en cualquier momento podría caer en paro cardiaco”. A las 18:30 horas partió la ambulancia hacia Guadalajara. “En el camino, Tereso insistía en que le dolía la cabeza y la espalda, que era un dolor muy fuerte. Duramos casi tres horas de Colotlán a Guadalajara”.

A las 22:00 horas arribaron al Nuevo Hospital Civil “Dr. Juan I. Menchaca”. “Estuvimos batallando porque no lo recibían rápido, no había camas, lo estuvieron revisando en una camilla dentro del hospital —relata María de la Luz, que ‘festejó’ así, en medio de los enfermos, su cumpleaños número 40—. Como una hora y media después lo pretendían pasar a una cama para darle la debida atención, pero le dio como un ataque. En ese momento me echaron del lugar porque me alteré, y minutos después los médicos me avisaron que estaban haciendo lo posible para revivirlo (le dieron reanimación cardiopulmonar durante 20 minutos) pero de nada sirvió. Estaba muerto. No le alcanzaron a dar su servicio… traía el mismo suero de Colotlán, no le dieron medicinas ni le transfundieron sangre”.

Sin sangre en las venas
 
Tereso no murió por las carencias del sistema de salud, sino por las condiciones de rezago y el contexto social de una de las poblaciones con más alto nivel de marginación en Jalisco, argumenta José Güitrón Ramírez, jefe de Urgencias Adultos del Nuevo Hospital Civil de Guadalajara.
Primero, el galeno especuló que el joven llegó al nosocomio con “una leucemia o una hipoplasia medular”. Pero quedaron dudas en el reporte médico del diagnóstico de egreso.

La responsable del turno vespertino del hospital, Leticia González, no se atrevió a precisar el diagnóstico de egreso por los golpes que presentaba Tereso a consecuencia de la riña con indígenas, y envió el cadáver al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses para la autopsia de ley. “La doctora podía hacer el parte médico legal, pero no se quiso meter en problemas porque no le constaba quién lo golpeó. Quitando el misterio de los golpes, la causa de la muerte fue una hemorragia interna, cerebral o abdominal”, sostiene Güitrón Ramírez: “Es probable que hubiera tenido leucemia (grupo de enfermedades de la médula ósea que implica un aumento incontrolado de glóbulos blancos: leucocitos) o aplasia medular (insuficiencia medular cuantitativa), que son enfermedades muy graves”.

Los análisis médicos arrojan que Tereso tenía 2.5 unidades de hemoglobina en la sangre, cuando un varón debe mantener un promedio de 16 unidades; es decir, tenía sólo 15% de hemoglobina. “Son pocas las personas que me ha tocado ver con vida en esta situación, en una trayectoria de más de 20 años. Además traía otro problema: las plaquetas estaban muy bajas (funcionan como celdas de coagulación en la sangre), traía 12 mil, cuando lo normal varía entre las 250 mil y las 300 mil plaquetas; sólo traía 5%. Si una persona está así, puede sangrar espontáneamente de las encías, de la cabeza o de cualquier parte del cuerpo”, refiere Güitrón Ramírez.

El especialista recapitula que cuando Tereso llegó al nosocomio (con un peso de 46 kilogramos) solicitaron sangre y plaquetas, pero en el Hospital Civil fueron enterados del traslado desde la mañana de ese lunes. “La sangre lleva un proceso de tres horas para poder administrarse (debe ser descongelada), entonces llegó media hora después de que el paciente murió (era del grupo sanguíneo O positivo). Y aunque hubiera llegado la sangre había que esperar a que pasara por las venas con éxito en un lapso de cuatro horas; necesitaba unos cuatro paquetes globulares y unos 30 mil concentrados plaquetados para estar fuera de peligro de sangrar”.

Se estimó que la enfermedad de Tereso había evolucionado por más de seis meses. “Estos pacientes se dejan morir —generaliza en el tema Güitrón Ramírez, en alusión a los indígenas—, prácticamente vienen a morirse a los hospitales por su gravedad… me da pena decirlo. Los indígenas no se atienden hasta que terminan las siembras o cosechas, en julio y agosto es cuando no trabajan y vienen a los hospitales. El 10% de las atenciones de indígenas es de pacientes muy graves. Tereso es el ejemplo.  No hubiera muerto si se hubiera tratado antes en el Hospital Civil. No me extrañó su situación, que quede claro, los indígenas presentan casos de terrible anemia, alcoholismo avanzado, cirrosis, grave desnutrición y hasta embarazos de menores de 15 años”.

Una semana después, la Dirección de Comunicación Social del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses respondió acerca de la muerte del wixárika: “Falleció a causa de un edema agudo pulmonar, coadyuvado por neumonía (infección de los pulmones; muchos organismos diferentes la pueden causar, incluyendo bacterias, virus y hongos) y anemia (afección en la que hay un número de glóbulos rojos en la sangre por debajo de lo normal, usualmente medido por la reducción en la cantidad de hemoglobina). Pero el Hospital Civil es quien debe dar el diagnóstico de egreso, no esta institución”. La dependencia no emitió comentarios por los golpes que presentaba el indígena.

Aunque el edema pulmonar constituye una verdadera urgencia médica, de acuerdo con el Programa de Actualización Médica Continua para Cardiología, y por ello debe identificarse rápidamente para instalar el tratamiento de manera oportuna, la vida de Tereso terminó en una terrible agonía porque no existieron las redes de comunicación entre autoridades y médicos municipales y estatales para que fuera atendido en un hospital de especialidades desde el 27 de diciembre, cuando se presentó por primera vez en el centro de salud de Chimaltitán. Murió dos semanas después.

Regreso a casa

La desnutrición en comunidades indígenas es “algo normal por su cultura, por sus fiestas que duran hasta tres días”, argumenta el presidente municipal de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora


La mañana del 13 de enero de 2009, el presidente municipal de Chimaltitán, Basilio González Rodríguez, contactó a su homólogo de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora, para informarle de la muerte de Tereso y solicitarle la búsqueda de familiares para el sepelio. “Fue un caso muy lamentable —asevera González Rodríguez—, eso viene de la violencia intrafamiliar. El médico municipal nos dijo que murió a causa de esa golpiza que le pusieron; los golpes que le dieron no fueron leves, batallaba para respirar, le pegaron fuerte en el pecho”.

— ¿Por qué no lo envió al hospital de Colotlán el día que lo encontró para que le hicieran exámenes médicos, ante las visibles malas condiciones de salud en las que estaba desde el día de la agresión?
— Cuando lo encontré, le dije que pusiera su denuncia —esquiva el munícipe de Chimaltitán—. Incluso creo que la Policía le ayudó a poner la denuncia en el Ministerio Público (no existe averiguación previa al respecto). Durante los ocho días que estuvo en el asilo se mostraba bien hasta que empeoró su salud, se le juntaron una anemia y al último una leucemia. Quiero precisar que no hubo negligencia en el caso de Tereso; podemos demostrar que cuando se agravó se le dio la atención. Nos queda una gran lección que tenemos que aprender para atender casos de violencia intrafamiliar y evitar estas tragedias.

El alcalde subraya que “falta más seguridad pública en las partes marginadas, donde se da la impunidad y agresiones hacia la familia. El problema de violencia intrafamiliar es muy grave, aquí hay frecuentemente estos casos y Tereso es el ejemplo. Hay una versión de que el papá ahorcó a su mamá y después corrió a Tereso; entonces la desintegración familiar detonó su muerte. Es importante que las autoridades acudamos para resolver estos problemas y evitar muertes”.

El presidente municipal de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora, comenta acerca de la muerte del wixárika: “Yo regalé una caja para el entierro a Tereso —presume—, pero no conocía el caso hasta que me habló el alcalde de Chimaltitán. En ese momento actuamos para localizar a los familiares. En Bolaños no hay tanta violencia —repele a la declaración del primer edil de Chimaltitán—; todos los muchachos van a la escuela. Lo que sí hay es desnutrición, algo normal de la cultura de los indígenas, por sus fiestas que duran hasta tres días. Otro problema fuerte es el desempleo, somos una zona muy marginada”.

Los alcaldes sólo coinciden en la carencia de servicios médicos de especialidad en la Zona Norte de Jalisco.

César Ávila Durán, director de Seguridad Pública de Bolaños, se encargó de localizar a la familia de Tereso. El cuerpo fue enterrado en el panteón de Tuxpan de Bolaños. “Me comuniqué con el regidor de la comunidad de Tuxpan, José Rosalío de la Cruz, y por medio de él localizamos al papá de Tereso. Cuando lo encontramos estaba en estado de ebriedad, muy indispuesto… dicen que siempre está así. El cuerpo se lo hicimos llegar. Ellos viven en Cañón de Tlaxcala, una zona muy riesgosa por la Sierra; caminando se hacen más de cinco horas entre Tuxpan y el Cañón, porque es intransitable para vehículos”.

Abunda que el papá de Tereso “es muy violento, hemos tenido muchos reportes de violencia intrafamiliar; con los vecinos también tiene muchos problemas porque ha intentado quitarles a sus mujeres. Varias personas, hasta en Tuxpan, no lo ven muy bien, se emborracha y sólo busca peleas. De la muerte de su esposa se comentó entre los vecinos que él la trataba muy mal y creían que la había matado. Su esposa murió hace un año y medio, el cuerpo fue encontrado colgado de un árbol. Se suicidó o la asesinaron. El Ministerio Público de San Martín de Bolaños levantó una averiguación previa, pero todavía no se sabe nada. Estos problemas son comunes, los indígenas son muy agresivos y ofensivos cuando están ebrios”.

— Si cuentan con denuncias de hechos violentos de Felipe contra su familia y otras personas, ¿por qué no intervienen para prevenir agresiones o asesinatos?
— Nosotros recurrimos cuando nos pide apoyo el gobierno tradicional (integrado por representantes de indígenas) de Tuxpan de Bolaños, pero estamos atados de manos por las tradiciones de ellos. Si el gobierno tradicional no nos autoriza, no podemos intervenir en estos casos de violencia.

En la casa de Felipe López González viven otros cuatro menores de edad, hermanos de Tereso. Una niña de 13 años cuida de sus hermanos más pequeños desde que quedaron huérfanos.
María Guadalupe Curiel Alegría, directora del DIF Municipal de Bolaños, habla de la protección que brindan a la familia en estos casos: “Nosotros no podemos meternos como autoridad municipal en comunidades indígenas, no se puede. Para intervenir tenemos que pedir autorización al gobernador tradicional. Hay mucha violencia intrafamiliar entre los indígenas, pero así es su cultura”.

— ¿Conoció de la muerte de Tereso?

— No.

— En su familia hay extrema violencia intrafamiliar (se le brinda un breve relato de la historia), y el papá continúa viviendo con hijos pequeños que se quedaron sin madre. A pesar de los hechos de violencia reportados en la Dirección de Seguridad Pública, incluyendo la sospecha de asesinato, ¿el DIF no puede intervenir en protección de los menores?
— No. Estamos atados. No podemos ir directamente a quitarle sus hijos. Lo que podemos hacer es acudir al DIF Jalisco para asesorarnos.

— ¿Cómo pueden estar los usos y costumbres de indígenas por encima de los derechos humanos más elementales, sobre todo a favor de la infancia?
— Pues es algo que siempre ha sido así.

— ¿Cuántas asesorías han recibido por el DIF Jalisco en esta administración municipal para ayudar a salir de la violencia intrafamiliar a mujeres y niños indígenas?
— No recuerdo ninguna…

El gobernador tradicional de Tuxpan de Bolaños, Juan Velázquez, no quiso profundizar en la muerte de Tereso: “Lamentablemente murió en esas condiciones. Desconozco si había violencia en su familia, no tengo reportes, conozco poco del caso”.

Entrevistado en su comunidad, de pronto cambia de tema y arremete contra autoridades federales, estatales y municipales: “Aquí estamos en el olvido, hay mucha pobreza, hay mucha marginación y no hay trabajo. Aquí la gente vive de lo poco que cosecha de maíz y frijol, pero es para el consumo propio. No tenemos servicios públicos básicos, vivimos entre la tierra; el centro de salud no sirve para enfermedades graves, ni siquiera tiene ambulancia. La gente anda descalza y los niños corren el mayor peligro porque hay muchos alacranes… muchos han muerto por las picaduras”.

En Tuxpan de Bolaños hay otra hipótesis de la muerte de Tereso: algunos wixaritari subrayan que el hambre lo empujó a robar una tienda de abarrotes en Chimaltitán, y fue descubierto por los propietarios, que lo mandaron golpear. “Unos ‘cholos’ lo mataron, eso se sabe acá. Dicen que hasta estuvo en la cárcel por el robo en la tienda”, afirma Luciano Carrillo Romero, quien conoce a la familia de Tereso.

Autoridades y vecinos de Chimaltitán, indignados por las declaraciones, niegan esta versión.
 
Tres millones de pobres en Jalisco

La Región Norte de Jalisco destaca por su alto nivel de rezago social. Está habitada en su mayoría por indígenas y mestizos de los municipios de Bolaños, Chimaltitán, Mezquitic y Huejuquilla El Alto. La pobreza alimentaria, de patrimonio y de capacidades, como se clasifica en las políticas públicas de desarrollo social, es el factor común entre pobladores y se traduce en una permanente supervivencia.

En Jalisco hay tres millones de pobres, de acuerdo con la Delegación de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) del Gobierno federal. La historia de Tereso es el ejemplo de vivir y morir en la miseria.

La Secretaría de Desarrollo Humano de Jalisco reconoce que más de 730 mil personas viven en pobreza alimentaria; un millón 300 mil en pobreza de capacidades y dos millones 300 mil en pobreza patrimonial. El titular de la dependencia estatal, Martín Hernández Balderas, comenta de los beneficios que traerán los programas de desarrollo social en la presente administración de Emilio González Márquez: “Pretendemos que sólo 365 mil jaliscienses vivan en pobreza alimentaria al término del sexenio, que reduzca este problema, el más preocupante, a la mitad”.

Especialistas ridiculizan la meta del Gobierno estatal, frente a los embates de la crisis económica y los impactos por la alerta sanitaria de la influenza humana en el país.



Investigación: Mario Alejandro Muñoz de Loza


Mañana segunda parte:

Crisis económica y virus A H1N1 elevan los índices de pobreza en México

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