Como si fuera en un cuento de hadas, al recorrer las accidentadas mesetas de Anatolia, en el centro de Turquía, fueron apareciendo ante nuestra vista las imágenes fantasmagóricas de los extraños promontorios de piedra caliza, que como enormes conos invertidos se lanzaban a las alturas unos junto a los otros, a lo largo y ancho del terreno desigual de las tierras áridas de la antigua región llena de historia llamada Capadocia. Los conos aquellos, de tersas superficies limadas por vientos y arenas milenarias, parecían haber sido taladrados por hormigas gigantescas en sus interiores. A diferentes niveles aparecían huecos a manera de ventanas por donde, o bien un niño, o bien un chivo, se asomaban ante el llamado de la mujer que salía por alguno de los huecos, ya fuera más arriba o más abajo, en el cercano cucurucho de junto a este. Escaleras, habitaciones, pasillos, cocinas, chiqueros, estancias, intrincados laberintos y hasta templos de oración -algunos de ellos con antiquísimas pinturas de corte clásico- han sido labradas en las entrañas de estas pequeñas montañas cónicas desde tiempos inmemoriales; algunas veces como refugio y abrigo, y otras como protección contra los enemigos naturales, o bien, contra los invasores de ideas y religiones diferentes, que desfilaron por el lugar desde épocas remotas. Maravilloso es ver como han sido previstas las necesidades básicas de calefacción, ventilación, acopio de agua, y hasta un incipiente drenaje; mínimos requisitos para que pudieran ser habitados. Actualmente, algunas de ellas, están preparadas incluso, para recibir huéspedes a manera de pequeños e insólitos hotelitos. Gente fuerte con la que nos topábamos al caminar entre las pequeñas montañas agujereadas, nos saludaba con un téshekur ederem que destilaba bienvenida. Unos hombres recios que caminaban orgullosos con sus pantalones (que nos parecían graciosos) con la entrepierna colgando más allá de la rodilla, se mostraban amables aunque altivos. Mujeres de anchas caderas que cargaban hatos de leña, se metían a las cuevas arriando uno que otra gallina mañosa. Unos niños, jugueteando, salían por una ventana y luego por la otra de más arriba, presumiendo las maravillas que había en los interiores de sus casas-cuevas. Dentro, luego nos dimos cuenta que eran prácticamente condominios en donde viven una o varias familias, en viviendas que han sido habitadas desde hace muchos siglos por generaciones y más generaciones, que claro, de una u otra manera han dejado sus huellas en ellas. Existen todavía vestigios de la famosa Cruz de Malta, símbolo de las Cruzadas, y grabada por ellos a su paso en busca (?) del Santo Grial Se dice que en Derinküyü, verdadera ciudad subterránea, se dice que llegaron a tener hasta mil 200 minúsculas habitaciones, en donde, como si fuera un verdadero hormiguero, estaban preparados (dicen), para poder albergar hasta ¡5 mil personas durante todo un mes! Y cuando llegaban a ser asediados, la entrada se tapaba con una gran roca; y por diferentes túneles se escabullían de un nivel a otro hacia una ruta escapatoria. Actualmente la región de Capadocia, ha sido declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. En pequeñas iglesias cavadas en la roca, en paredes y bóvedas se conservan todavía -en mayor o menor grado de conservación- impresionantes murales como el que se estima sea la pintura paisajística más antigua de la humanidad (6,500 a.C.) donde aparece un caserío en primer plano, y un volcán en erupción allá en lontananza, que se cree que fue el generador de las curiosas formaciones del paisaje actual. ¡Anótalo! Para llegar, hay vuelos desde Estambul a Konya o a Neveshir (donde existen viajes turísticos para recorrer la zona). Majestuosas formaciones rocosas sorprenden a los visitantes en Turquía, país que puede jactarse de tener uno de lo más bellos paisajes