Era una mañana fresca y nubladita que se perfilaba como inmejorable, para salir a la calle a despejar todos esos asuntillos que deja uno pendientes para cuando tiene un día franco, sin las exigencias cosméticas y apuros cronométricos que demanda la chamba. Nadie pudo haberme persuadido de que no me iría tan bien. Todo porque a mi primogénita, muy próxima a parir su primer par de retoños en el extranjero, y aprovechando que el par de abuelos culecos harán el viaje para acompañarla en tan capital acontecimiento, le surgió la peregrina idea de dotar a sus pequeñuelos con algo simbólico y representativo de su terruño, para lo que nos encargó que, a la buena dotación personal de birote salado que siempre nos encarga, añadiéramos un par de uniformitos de sus bien amadas Chivas Rayadas. La moción fue aceptada con el festivo regocijo de la abuela y el consiguiente entuerto americanista del abuelo, para lo que nos dimos a la tarea de dar con el sitio en donde pudiéramos adquirirlos, toda vez que las tiendas oficiales, a Dios gracias porque salen bien caras, no fabrican dichas prendas en tallas tan minúsculas como las requeridas. De modo que, junto con mi esposo y la imbatible hermana que nos secunda en todas nuestras chifladuras, acatamos la sugerencia que alguien nos escurrió de acudir a la calle de Obregón, en donde sin duda encontraríamos los dichosos encarguitos, de todos modelos, calidades y precios. Con espléndida suerte, que al mismo tiempo nos permitió observar y lamentar el deplorable estado de la famosa Plaza de los Mariachis, nos pudimos aparcar en cuanto arribamos al conglomerado que comenzaba a nutrirse de transeúntes, comerciantes, cargadores, vendedores ambulantes e instaladores de puestos semifijos que, en cuanto amanece, prácticamente copan aceras y arroyos con sus tablones, tendidos, mecates y cajas de mercancía. La primera parada, como ha sido nuestra insana costumbre cada vez que salimos de casa a temprana hora, correspondió hacerla en el puesto de tacos de birria que localizamos por el olfato y divisamos en cuanto nomás cruzáramos la calle. Seguida muy de cerca por mis acompañantes, tomé la delantera y, justo en medio del arroyo, sentí que unas manos me rozaban el cuello y me jalaban las orejas, lo que interpreté como un inopinado gesto de cariño conyugal, y mi marido que venía dos pasos atrás, como la intervención de algún conocido, de ésos confianzudos que llegan por detrás y le tapan a uno los ojos. Sólo de reojo alcancé a ver a un sujeto que partía de ahí corriendo y dando vuelta en la esquina más próxima. El único que divisó al individuo de frente, y previó con claridad sus intenciones de esquilmarme a la brava los aretes que traía yo puestos, fue el impávido taquero que, una vez consumada la artera fechoría, muy solícito me ofreció una tortillita para el susto que no me entró hasta un par de horas más tarde, cuando presa de una extraña sensación de avasallamiento, vejación e intolerable invasión a la propia intimidad, no lamenté el par de arracadas que me habían sido usufructuadas y que ni de oro eran, sino las apenadas palabras del taquero que nos hizo saber que hechos tales son parte de la cotidianidad de la zona, pero que ninguno de los comerciantes puede intervenir, ni mucho menos alertar a los clientes, porque los delincuentes se las tienen cantada y más de alguna vez los han convertido en víctimas de sus represalias. Esto habla de un pacto no escrito por el que cada cual trabaja en lo suyo y todos chambean en armonía; unos desvalijando a los incautos clientes y los otros asumiendo el indigno rol de cómplices pasivos. Y eso sí es para asustar a quien vive en esta ciudad y piensa que las ratas todavía siguen actuando en zonas despobladas y cobijadas por la obscuridad. Y yo, que con ingenuidad pensé que en un escenario más seguro no podía haber deambulado, me retiré de ahí con un par de uniformitos más y dos aretes menos, observando con desesperanza a la dupla de policletos que, cual si anduvieran de domingo en la Vía RecreActiva, pasaron por ahí charlando animadamente, sin fijar siquiera la vista en el entorno por el que circulaban. La recomendación, por tanto, no sale sobrando: aretes, cadenas y celulares están en la mira de los truhanes que pululan desde temprano por la exitosa zona comercial.