Miércoles, 22 de Octubre 2025

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Tzintzuntzan

Por: Vicente García Remus

Una animada mañana, Diego y yo nos dirigimos a Pátzcuaro por el camino a Morelia, nos desviamos por Zacapu. Donde al sureste, en el cerro Uringuarnapexo, se estableció Hireti-Ticátame y sus seguidores. En cierta ocasión llegaron a Naranxan y acordaron con su señor, Ziranzirancámaro, que los venados heridos y muertos lejos del sitio de la cacería, no tenían los naranjas que disponer de la piel, pues la querían para sus dioses. El señor le mandó una hermana, quien le dio un hijo nombrado Sicuirancha. Hireti hirió un venado y al día siguiente halló a unos naranjas mutilándole la piel, enojado flechó a dos, dejó su cerro y se fue a Zichaxúcuaro, a 12 kilómetros de Michuácan-Huitzitzilla-Tzintzuntzan. Después se vengaron matándolo y tomando al dios Curicaueri. Sicuirancha los quiso atacar, pero el dios los castigó con “enfermedades, correncia y embriaguez”. Recupero al dios y se estableció en Uayameo, le sucedió su hijo Pauácume, y su nieto, Curátame, quien procreó a dos hijos: Uáperani y Pauácume y éste a Tariácuri, quien creó tres señoríos: Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan, puso al frente de cada uno, respectivamente, a su hijo, Hiquíngare y a sus sobrinos, Hiripan y Tangáxoan, a quien le sucedió Tzitzinphandácuare, Zuangua y Tangáxoan II. Luego de una curva, se dejó ver la encantadora laguna, canteras labradas al borde de la carretera nos indicaron nuestra proximidad a Tzintzuntzan, “lugar de colibríes”, de cierto modo la palabra se asocia con el zumbar que hace el aleteo de las preciosas aves, las más rápidas en aletear. Miramos sus rústicos, sobrios y bonitos portales, de madera y teja, espacios que miran al kiosco, a las plantas y a las pilas aledañas. Enseguida caminamos al mercado de las artesanías y apreciamos preciosas piezas de alfarería prehispánica, tejidos de tule y chispata, bordados, tallas de madera, hamacas, máscaras y muchas otras obras. Dimos unos pasos y entramos al cautivador y espacioso atrio franciscano, verdaderamente espacioso, con gruesos árboles por doquier, entre ellos olivos. Vimos la vetusta y labrada cruz atrial, que corresponde con el eje del atractivo templo de San Francisco, la puerta principal en arco de medio punto, sobre capiteles toscanos, el arco fue enfatizado por un bizarro relieve con flores y enmarcado por columnas, arriba de una sencilla cornisa está la ventana coral formada por dos vano arqueados, una labrada columna los separa, rematada por bonitas conchas, enseguida hay un frontón triangular, abrazado por una gran concha. El interior es de una nave, techado con bóvedas por nervadura e iluminado por una cúpula con linterna. Al costado izquierdo del templo, y luego de un arco, admiramos la capilla abierta de San Camilo, la primera de América donde Tata Vasco ofreció su primera misa en tierras tarascas, el altar con columnas estriadas, capiteles dóricos y un arco en medio punto, embellecido por caras y conchas, alternadas en sus dovelas. Le sigue el convento de dos pisos, la puerta es de reducido claro y arqueada, con dos esbeltas ventanas al lado izquierdo, que se repiten en el segundo nivel, donde a la derecha se asoman cinco ventanas. Después fuimos sorprendidos por el claustro del siglo XVI, conformado por columnas cuadradas, capiteles dóricos y arcos en medio punto. Del lado derecho del templo vimos la primitiva capilla, la puerta con columnas dóricas, arco de medio punto y adorno en su clave, arriba la ventana coral, vertical, arqueada y con capiteles dóricos, carente de techumbre, los adobes suplican amparo. Al noreste del enorme atrio observamos el templo de La Soledad, del siglo XVII, con alta puerta arqueada, enmarcada por columnas salomónicas. La ventana coral muestra dos vanos arqueados, divididos por una columna salomónica, continua un frontón truncado con nicho, arriba está una ventana vertical, por remate volutas con almenas y una cruz en su parte superior. Posteriormente se adosó el campanario, es de dos cuerpos, el primero de planta cuadrada y con un vano arqueado por cara, y el segundo octagonal, con un vano por cara, cubierto por cúpula. A mediados de julio de 1522, entró pacíficamente el capitán Cristóbal de Olid al sitio de las picaflores, dos años después, fray Martín de la Coruña. En 1526, el hermano Juan de San Miguel se encargó de la construcción, las piedras de los cúes sirvieron para ello; para 1597 continuó la labor, fray Diego de Pila. En 1533, llegó Tata Vasco, para sofocar la rebelión que provocó el asesino de  Nuño de Guzmán, le dijo a Cuiniaránguri y a los caciques: “He venido a renovar nuestra amistad y a aseguraros que su majestad está profundamente apesadumbrado por el maltrato que vuestra nación ha sufrido… sólo tengo amor y afecto para con la nación indígena”.

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