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Teodoro González de León

Teodoro González de León

Teodoro González de León

Se fue de con nosotros un creador esencial de la mexicanidad de nuestro tiempo. Se llevó a sus 90 años su enorme vitalidad expuesta en esos ojos chispeantes de curiosidad que nutrieron un pensamiento portentoso destinado a trascender.

Fue mucho más que un arquitecto, pintor y escultor; fue un conocedor de lo humano, explorador del espíritu y conformador del espacio urbano mexicano. Combinó en su mente las raíces locales de las líneas inspiradas en las formas prehispánicas, la limpieza expresiva, la claridad que deja ver al hombre en el espacio, con la universalidad que proporciona la visión del mundo desde el estudio tesonero y la exposición al arte.

Como pensador del hombre hizo compromiso con lo público y lo expresó en su vida y obra. Era un hombre que entendía y amaba la libertad, a partir de la cual creaba. Desde niño se nutrió de la belleza característica de las callejuelas de Coyoacán, San Ángel y Tlalpan, convivió con los pensadores y universitarios, de quienes aprendió el amor al arte.

Se marchó a París en donde trabajó en el taller de Le Curbosier. Desde allá entendió de mejor forma la mexicanidad expuesta por Octavo Paz y otros muchos mexicanos. Allá empezó a fundir en el crisol de su mente la expresión universal con los ingredientes locales. Escogió sus materiales e hizo del concreto su favorito.

Se expresó con el paso de los años en obras que hoy son parte esencial de lo urbano. Las grandes estructuras de concreto contienen, expresan, traslucen espacios interiores integrados a los exteriores, que dejan a la luz iluminar las formas que contienen las mejores expresiones humanas; así son las estructuras del Auditorio Nacional, del Museo Rufino Tamayo, o de El Colegio de México, como también surgen en el conjunto de Reforma 222.

La Ciudad de México, a la que tanto amaba, ha quedado marcada con sus edificios habitacionales plenos de juegos geométricos que dialogan con la herencia prehispánica en un lenguaje de formas universales.

Se ha ido el artista que gozaba de la estamina del trabajo, como la del esfuerzo físico disfrutaba también de la música, pero sobre todo de la conversación. La generosidad lo definía. Quizá una forma de resumir su personalidad sean las palabras que Enrique Norten, uno de sus discípulos más notables, le expresó hace poco: “Tú me enseñaste que la función del arquitecto no es hacer objetos bellos sino hacer ciudad”.

Fue un universitario pleno que trascendió con sus alumnos y legó a la UNAM, su alma mater, el museo de arte contemporáneo más reciente de la capital. En cada una de sus obras está presente la grandeza, la fuerza plástica que combina la neutralidad que hace resaltar al hombre.

El Corporativo Arcos —conocido popularmente como el pantalón—, así como el edificio del Fondo de Cultura Económica son muestra de esa fuerza que llega a ser delicada en el tratamiento de los espacios para convivir.

Se ha ido un mexicano universal que trabajó con rigor y nos enseñó que el lenguaje con el que se expresa la belleza no tiene límites cuando surge de la libertad.

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