Jueves, 20 de Junio 2024

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Robert Dahl

Por: Javier Hurtado

El pasado día 5 falleció –a escasos 21 meses de cumplir 100 años- el destacado científico de la política Robert Dahl. Su partida deja un vacío que  se antoja difícil de llenar, sobre todo en el campo de los estudios empíricos, constitucionales y comparados sobre la democracia contemporánea.  

Debe decirse que en México era y es poco conocido. Quizá uno de los primeros en mencionarlo en nuestro país a fines de la década de los ochenta del siglo pasado fue Manuel Camacho Solís. El servicio de información del Consulado de los Estados Unidos en Guadalajara difundía con profusión su obra a principios de la década de los noventa. Fue así como tuve acceso a algunos de los libros que había publicado hasta esa fecha.

De entre su extensa obra, destaco La Poliarquía (editorial Tecnos, 1989); y ¿Es Democrática la Constitución de los Estados Unidos?, aparecido bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica en 2003. Ambos textos fundamentales para cualquier estudioso de la ciencia política y el derecho constitucional.

Del primero, sus aportaciones principales fueron: 1.- reservar el concepto democracia al ámbito de lo normativo (como aspiración de un ideal a alcanzar) y utilizar el de poliarquía en un plano descriptivo para ver qué tan democráticos o no podrían ser los sistemas políticos en la realidad; 2.- para evaluar qué tanto se da la democracia en un país, establece que su Gobierno debe responder a las preferencias de sus ciudadanos sin establecer diferencias políticas  entre ellos y asegurarles igualdad de oportunidades para: a) formular sus preferencias; b) manifestarlas públicamente (entre partidarios y ante el Gobierno); y c) recibir igualdad de trato de parte del Gobierno, sin recibir represalias o discriminación por el contenido de sus preferencias. Estas tres condiciones se desagregan en ocho libertades o garantías institucionales susceptibles de ponderación que van desde la libertad de asociación a la garantía de que la política del Gobierno dependa de los votos, y 3.- la concepción de que la democratización depende de dos dimensiones: debate público y participación en las elecciones, donde la primera es más importante que la segunda, puesto que de no ser así entonces  –decía Dahl-  la URSS sería más democrática que Suiza.

El segundo de los libros antes mencionados pone el dedo en la llaga en lo que desde la década de los cincuenta Karl Loewenstein afirmara en su Teoría de la Constitución y que Sartori, sin darle el crédito correspondiente, retomara en 1994 en su Ingeniería Constitucional Comparada, al afirmar que el sistema político de los Estados Unidos “funciona no gracias a su Constitución, sino a pesar de su Constitución”.

Debe señalarse que ni Loewenstein ni Sartori explican o describen cuáles serían los factores constitucionales que impiden su funcionamiento más eficaz,  como tampoco cuáles serían aquellos  que lo hacen funcionar. El gran mérito de Dahl es que, a doce años de su muerte, se dio a la tarea de explicar los aspectos subyacentes contenidos en la Constitución y en su proceso de creación que habrían traído como consecuencia lo que los otros dos autores afirmaran con anterioridad sin explicarlo.

Por ello, el mejor homenaje a Dahl será leerlo o releerlo.  

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