En un fatídico día 11 del mes 11 del año 2011, muere en un accidente aéreo el secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora. Este deceso viene a sumarse al ocurrido hace poco más de tres años en el que también pierde la vida el entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, en otro accidente aéreo. Esto sugiere que si lo acontecido el 4 de noviembre de 2008 fue “accidente”, éste no puede serlo también, pues se trata de la pérdida de la vida de dos funcionarios del mismo cargo y en circunstancias similares. Tampoco puede ser explicado como una “casualidad”, pues sería como decir que cayó un rayo dos veces en el mismo lugar. El helicóptero en el que viajaba el segundo hombre en importancia del Poder Ejecutivo Federal literalmente quedó hecho añicos, lo que dificulta interpretarlo como un desplome producto de una falla mecánica, máxime cuando un tal “Morfo” (brujo o adivino), el jueves por la noche escribió en Twitter: “Mañana 11/11 Les caerá un secretario del cielo… evite reforma”. Que si fue accidente o atentado, puede parecer una discusión bizantina. Lo que importa es el contexto en el que esto se dio y cómo es interpretado por la mayoría de los mexicanos (en el suceso de Mouriño, 56% de los encuestados “no creía que se trató de un accidente”: Milenio, 10/11/08). Si oficialmente se dice que fue un accidente, se abonaría en la percepción de que las autoridades y los políticos son unos mentirosos. Reconocer que fue un atentado, sería evidenciar la vulnerabilidad del Gobierno mexicano. Así las cosas, el Presidente se encuentra en un auténtico “callejón sin salida” para explicar lo sucedido. El desplome del helicóptero se da a unos cuantos días del atentado contra el presidente municipal de Mazatlán, Sinaloa, y del asesinato del alcalde de La Piedad, Michoacán, Entidad en la que el día de mañana se realizarán elecciones para elegir gobernador, diputados locales y munícipes, y en la que en ocho municipios los partidos no registraron candidatos, por temor al crimen organizado. Esto, y los escándalos del “Moreirazo” en el que está inmiscuido el presidente nacional del PRI, junto con el de la búlgara que se “suicidó” en un departamento de Cancún, presuntamente propiedad del “Niño Verde”, dueño del Partido Verde Ecologista de México, hablan de un muy grave fenómeno de descomposición política, en el que la violencia, el descrédito de los partidos y la corrupción ofenden a la sociedad. Entre mayo de 1993 y septiembre de 1994 ocurrieron tres magnicidios. La diferencia entre esos y los “accidentes” de los secretarios de Gobernación de este sexenio, es que aquéllos no fueron contra funcionarios en ejercicio, sino contra líderes políticos o religiosos, y que de aquéllos siempre se pensó que eran crímenes de Estado. Lo grave es que ahora todo mundo atribuye esas muertes a atentados o venganzas del crimen organizado contra los miembros más destacados del Gobierno que les ha declarado una estúpida guerra. De continuar las cosas como están, conviene preguntarnos: Y ahora, ¿Qué sigue? ¿Quién sigue? ¿Quién va a parar esto? o ¿Cómo se puede detener esto?