Dice una canción de Jarabe de Palo “que bonito es el amor, sobre todo en primavera”, y es precisamente de esto de lo que hablaremos el día de hoy, porque una cosa es el amor y otra es que te agarre en plena primavera. Por ello, nos hemos avocado al análisis de una de las épocas más perversas de todo el desarrollo humano, una época en la cual la gente estamos más propensos a pegarle una mordida a un cable de alta tensión con tal de desfogar la calentura que no te deja ponerte ni un pants sin que te dé por tener pensamientos lúbricos: sí, nos referimos a aquella etapa en que uno tiene 13 años de edad. Y lo que descubrimos más fascinante de ésta es que la gente hemos logrado darnos la maña para lograr nuestros objetivos sin romper los estrictos cánones tapatíos. El medio para esto ha sido inventar una serie de juegos en apariencia inofensivos pero que son la puerta de entrada para que a los veinte años acostumbres a ponerte una máscara de cuero cada que estás a solas con tu pareja. De entre todos los juegos destacan los siguientes: i. La botella. Nada como aventarle la responsabilidad al destino y dejarse llevar por las leyes de la física con tal de sacar un frote. Así, uno aprenderá igualmente una lección importante en relación a la no discriminación, puesto que si te pones exquisito cuando te tocó con Lupita quizá arruines el juego y ya no se vaya a armar la machaca con Priscila. ii. Twister. Como en todo, las perversiones que uno goza no son siempre las de todo el mundo, y así encontraremos que si usted por alguna razón es aficionado a subirse a los camiones pues hay algo en ello que le reporta un gran placer sin que sepa exactamente de qué se trata, seguro disfrutará como enano el mítico juego de twister. Una de las claves importantes es permitir de forma caballerosa, que la dama que le agrade sea la primera en girar la aguja para que, cuando sea tu turno pues ya esté listo todo. Igualmente agradable resulta cuando se provoca una caída y todo es risas y jolgorio acompañadas de un aparentemente inofensivo toqueteo. iii. La semana inglesa. No sé si recuerda aquél juego consistente en ponerse espalda con espalda con una muchacha y que el resto de los participantes comenzará a decir los días de la semana, a esto ambos concursantes debían mover la cabeza a un lado por cada día y si coincidían se ganaban una excusa para darse un beso y si no pues la mujer te daba una cachetada. Había una versión más hardcore que se llamaba semana francesa e incluía besos de lengua. iv. Verdad o reto. Uno de los juegos más sexuales de la pre pubertad sin lugar a dudas, el verdad o reto siempre iba a acabar en temas de esta naturaleza. Nadie, nunca, jamás, en ningún lugar del mundo, tiró una pregunta cuando había que dar verdades en el sentido de la honradez de tu padre al quebrar a algún banco ochentero como Banca Cremi o Comermex; de la misma forma, no hubo nunca ningún reto consistente en comerte un paquete de saladitas Gamesa en menos de un minuto. v. Escondidas en pareja. Un favorito de su servidor en mis infancias, pocas cosas superaban unas escondidas en las que existía un acuerdo tácito por todos los niños y niñas de que nadie iba a buscar a nadie y que el juego tenía como único propósito crear una mentira colectiva para irse a pegar una sobada. Sabemos que puede haber juegos muchos mejores – o por lo menos más enfermos- pero esos fueron los que me tocó jugar a mí. Feliz día de San Valentín.