Jueves, 29 de Febrero 2024

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Que 20 años no es nada…

Por: Francisco Baruqui

Que 20 años no es nada…  Que es febril la mirada…”

No; no haré un tratado sobre la bellísima música, —¿argentina o uruguaya, que cada país se atribuye su origen—, que es el tango; y más particularmente el gardeliano que habla del tiempo señalando el título de mi escrito, significando que dos décadas no son nada, que no…

Lo refiero porque México, y la historia así lo confirma, no ha sido un país proclive a los cambios.  Lo escribo porque el rechazo a cualquier variante, sea por motivos políticos basados en una idiosincracia tan tradicionalista que tuvo el conformismo de que un partido se sostuviera durante 70 años en el poder, o por otros de distinta índole, hacen que el rechazo a cualquier proposición aparezca de inmediato cuando sale a la luz.

A cuatro lustros quienes veíamos que el TLCAN,  Tratado de Libre Comercio de América del Norte podría redundar, matizándolo, en resultados positivos fuimos discutidos por aquellos que se asustaban a que la nación mexicana se abriera a un mundo que se había abierto ya.

Criterios obsoletos, retrógrados, anquilosados, mediocres, estancados, vociferaban la eterna cantinela de que “se perdería la soberanía…”  

¿Ha oído Usted esto…?

Lo cierto, lo auténtica y realmente cierto es que, —y porque es de justicia debo mencionarlo—, bajo la gestión de Carlos Salinas de Gortari, cambió el comercio internacional mexicano que se ha proyectado en términos económicos con las exportaciones, —ya no dependiendo sólo del petróleo—, superadas considerablemente.

Por supuesto que en el aspecto de inversiones el cambio se hizo destacar en una lógica de reacción económica, toda vez que la efectividad de la integración de cadenas de la productividad se hizo patente.

La polémica que provocó en su inicio, se cifraba en la utopía que para muchos podía significar la entrada de México al nivel de países desarrollados una vez que saliera del mundo tan cerrado del tamaño de una corcholata en el que estaba inmerso.

Muchos otros lo miraban como un plan demoníaco por la injusticia que podía representar colocarnos al mismo nivel poderoso de los Estados Unidos y Canadá, provocando la desastrosa migración empresarial extranjera carente de responsabilidad a nuestro país, que abusaría de la tolerancia de reglamentos y la de sobra conocida debilidad de instituciones mexicanas para lograr su debida aplicación.

Una conveniencia manifiesta resultó el papel de México como consumidor, cuando atados a la compra obligada de mercancías y artículos nacionales de calidad discutible, a la apertura de libertad para disponer de productos de calidad superior a precios acordes a un mercado internacional de distintas partes del orbe, animó a un sentido de superación para que lo mexicano mejorara y, fundamental, compitiera en el mercado más grande e importante del planeta.

Que la problemática económica mexicana no es comparable a la de los socios es un punto irrefutable; como irrefutable lo es también la problemática política que frena la proyección de reformas en el lento paso para la necesaria apertura que el país requiere, al tiempo mismo de que la corrupción sea determinantemente combatida.

Y…  PENSÁNDOLO BIEN.

Y…  PENSÁNDOLO BIEN, indispensable que haya revisiones cuando el Tratado es perfectible, empero…

Empero no…  No “vivir con la mente aferrada a un triste recuerdo que no ha de volver…”
 

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