Cenando el viernes con muy buenos amigos, comenzamos a reflexionar sobre la fragilidad de la vida, y esos pequeños o enormes impedimentos cotidianos que no nos dejan disfrutar, o a veces entender en su justa dimensión lo que sucede alrededor nuestro todos los días.Y pronto caímos en la cuenta, que nuestras preocupaciones han cambiado con el paso de los años.La madre de uno de esos queridos amigos murió hace muy poco tiempo. Un día después de que le detectaran una enfermedad incurable, dolorosa, terrible.Y con su muerte, repentina y completamente inesperada, se ahorró semanas, meses o tal vez años de absurdo sufrimiento.—¡Yo firmo donde sea, ahora mismo por la posibilidad de morirme así!— Dije, rápidamente.Y todos coincidimos.Será que conforme vamos creciendo, madurando, acercándonos al inminente final (sin tragedia de por medio, sólo aceptando el ciclo natural de la vida) la muerte deja de ser tan pavorosa y terrible como siempre pensamos que es.—Este queso está espectacular.— Dijo otro, untándolo en un pan.Y probando todos, volvimos a coincidir.Llovía levemente y el aire que entraba por una de las ventanas era fresco y amable, sonaba suavemente esa música que nos une desde tiempos inmemoriales, bebíamos, comíamos, hablábamos y nos reíamos sin parar.Sacamos del cajón de la memoria unas películas, unos momentos que vivimos juntos, un par de libros, otras comidas gloriosas, y hablamos también de nuestro tiempo, de la zozobra y la inquina, de la imbecilidad del poder y de los poderosos, de la impunidad y la injusticia que nos rodean y nos asfixian lentamente.Pero coincidimos también en que ese momento en el que estábamos juntos, era un bálsamo pequeño pero reconfortante para la enorme herida que representa hoy nuestro país y nuestro mundo.Y vino hasta nuestra cabeza la frase mágica del poeta Luis Rius que dice: “No se puede vivir como si la belleza no existiera”,Así que, sin olvidar ni perdonar los agravios a los que todos somos sometidos diariamente, dejamos entrar durante un rato a nuestras vidas, la belleza que significa compartir una mesa, un recuerdo, una carcajada, unas letras que nos cambiaron la vida, una música que nos hizo latir. Un montón de pequeñas cosas que hacen que todo sea bueno, aunque sólo sea por instantes.Particularmente algo luminoso que se llama amistad y que entibia el alma y el corazón cuando fuera hace un frío glacial.Entonces les conté que una tribu de colibríes se ha avecindado en mi barrio, y que vienen todos los días a libar de un aparato muy ingenioso que yo lleno de líquido de color rojo y azucarado.Y que en cada aleteo, me devuelven, de una manera incomprensible, esperanza y candor, ánimo, belleza.Y coincidimos en que en el aleteo de un colibrí, a lo mejor se encuentra el futuro.Y así, nos dieron las tres de la mañana, hablando y suspirando y pensando que por fuerza tendrán que llegar mejores días para todos.Y que en las pequeñas, nimias, minúsculas cosas, se encierra la felicidad. Como estar todos, en ese instante alrededor de la mesa.Coincidimos entonces, en que hay que abrir muy bien los ojos, los oídos, la boca, el corazón y eso que llaman alma, para aprehenderla.Y no dejarla escapar, cueste lo que cueste...