Recientemente, en alguna nota de prensa, se hablaba del enésimo proyecto para un nuevo nodo vehicular dentro de la zona metropolitana. Según las cuentas, costaría 200 millones de pesos. (Más lo que se acumule en el proceso, claro.) Evidentemente, hay algunas soluciones viales que se pueden juzgar como indispensables, a estas alturas de las complicaciones de tráfico que hemos logrado propiciar entre todos en la mancha urbana. Pero el fondo del tema prevalece: la circulación indiscriminada de vehículos de motor es una de las principales enemigas de una vida citadina razonable, de la misma calidad de vida de la población. Los coches se están comiendo, figurada y literalmente, a la ciudad. Ante esto, se debería tomar partido. Ante la degradación urbana de Guadalajara ¿qué debemos hacer para mejorar las condiciones vitales de sus habitantes? ¿Resolver, siempre a medias y siempre provisionalmente las urgencias del tráfico motorizado o intentar sanear los deteriorados tejidos citadinos? Si se busca una promoción del bienestar general, es claro que se debería optar por la segunda opción. Es mucho más fácil, y “rentable” políticamente, focalizar los esfuerzos públicos en obras como los nodos viales y los pasos a desnivel. Son bromosos, vistosos, lucidores...y carísimos. Son pruebas fehacientes de que se está trabajando. Y no necesitan mayor ciencia en su conceptualización ni en su justificación cuantitativa: tantos mil vehículos por día, etc. Lo que está detrás de esta preferencia, y que es gravísimo, es la opción que repetidamente se ha venido tomando por un tipo de desarrollo urbano que no solamente no tiene salida, sino que se revierte para terminar siendo dañino. La proliferación de soluciones viales típicas no ha hecho más que aumentar la dependencia del automóvil particular y el deseo colectivo por tener el ansiado vehículo y así gozar del estilo de vida que las obras proponen e impulsan. De allí también la deletérea dispersión urbana con su cauda de gravísimos perjuicios ambientales y humanos. ¿Qué se puede hacer, entonces, con 200 millones de pesos para mejorar las condiciones de la ciudad en vez de continuar complicándolas? Invertir en obras modestas y significativas que mejoren eficazmente la calidad de vida de algunos de los innumerables contextos drásticamente carentes de esta condición. Con ese dinero, por ejemplo, se podrían adquirir 50 predios particulares apropiados (o aprovechar propiedades públicas ociosas) para hacer nuevos espacios públicos y verdes. Y además regenerar el tejido urbano circundante de manera que se comiencen a consolidar barrios reconocibles y habitables. Caminables, amistosos con el peatón y la bicicleta, propiciadores de la conectividad, la cercanía, el decoro ciudadano. Los mecanismos concretos están a la vista: buena parte del dinero para pasos a desnivel u otros fines se “etiqueta” y se reparte mediante instancias como el Consejo Metropolitano. Se requiere que los agentes adecuados logren formular opciones claras –por ejemplo la arriba enunciada- que puedan contrastarse y sopesarse frente a las obras convencionales de vialidad que tanta preferencia han tenido. En el fondo, es una cuestión de optar por un modelo de ciudad. Una manera de vivir la ciudad que entre todos debemos de formular e impulsar, a contracorriente del actual deterioro, del auge de los pasos a desnivel.