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Martes, 21 de Noviembre 2017

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Paseo de la Reforma: Jugarse la vida

Paseo de la Reforma: Jugarse la vida

Paseo de la Reforma: Jugarse la vida

En los últimos días me he jugado la vida un par de veces. Mi testimonio es cero heroico, se encuadra más bien en lo prosaico. Me jugué la vida andando en bicicleta en una ciudad donde las autoridades no piensan en el ciudadano.

Sucede que de tiempo atrás un carril del sentido poniente de Paseo de la Reforma entre Lieja y Monte Elbruz está, ya se sabe, inutilizado por las fallidas obras de la Línea 7 del Metrobús.

Entonces, si alguno de ustedes tiene la ocurrencia de tomar una Ecobici (programa gubernamental, recuérdese) en, digamos, la colonia Cuauhtémoc y su destino es Paseo de la Reforma más allá de la zona de los hoteles de Polanco, la ruta más corta será, precisamente, irse todo derecho por la emblemática avenida.

Hasta hace unos meses, si ustedes hacían ese trayecto ocurría que prácticamente todo el recorrido tenían que irse muy a las vivas porque por más que pedalearan, siempre se daba el caso de que un microbus o un autobús del transporte público les echara lámina, apurándolos. Es la zona, debe recordarse, donde tristemente una joven murió atropellada por un camionero hace casi dos años.

Hoy eso ha empeorado. Hoy, hacer en bicicleta ese trayecto significa auténticamente jugar a la ruleta rusa.

Porque en varios tramos de esos dos kilómetros los del gobierno de la Ciudad de México tienen, desde hace meses, esos taburetotes naranjas que se han convertido en un icono de la capital. Esos muros de plástico cancelan, intermitentemente, uno de los tres carriles de Reforma.

El problema no es que de dos carriles pasemos a tres. Eso es lo de menos. La locura es que esos muretes dejaron sin espacio a las bicicletas, por lo que durante varios tramos la fragilidad de una persona en Ecobici (el ejemplo aplica si usas tu propia bicicleta, por supuesto) compite en el segundo carril de tú a tú con las unidades del transporte público. No tienen idea de lo que se enchina el cuero al darse uno ese quién vive.

Este columnista acepta de antemano que carece de números sobre cuántos ciclistas viven a diario lo que aquí se reseña.

Pero sí puedo dar fe de que cientos de oficinistas llegan cada día desde el Oriente a la zona de Polanco, en donde saturan las estaciones de Ecobici, que lucirán repletas a partir de las nueve de la mañana.

Puede ser que la resolución del juez Silva sobre las obras de la Línea 7 del Metrobús se dé en cuestión de horas. Y puede ser (espero) que finalmente los del exGDF puedan retomar las obras que han realizado con supina macuarrez. Sin embargo, el riesgo aquí descrito no se va a corregir pronto.

Caray, que alguien del Gobierno de la Ciudad de México se ponga por una vez en los zapatos de los ciudadanos. Que se vaya a hacer ese recorrido en bicicleta y que diga si de verdad vale la pena el riesgo que corren todos los ciclistas que hoy, ante el caos vial permanente en la zona, se juegan la vida disputando menos de dos carriles con todo tipo de vehículos, principalmente de transporte público.

¿Alternativas? Desde bajar los taburetes a las zanjas para ganar espacio del arroyo vehicular, hasta el trazar (con pintura que respete el patrimonio) un bicicarril sobre la banqueta de Reforma.

Y ya no digamos pensar un poco antes de hacer tonterías que luego quedarán tiradas durante meses al fin y al cabo ellos nunca se bajarán de la camioneta que les pagamos nosotros.

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