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Lunes, 14 de Octubre 2019
Ideas |

Nomás por mi propio bien

Por: Paty Blue

¡Mira qué bien se te ve el pelo!, recitó con inédito entusiasmo una compañera de trabajo a la que he dado por sacarle la vuelta, antes de que ella me saque el tapón que me obligue a ponerla enérgicamente en su lugar o darle un severo moquete, por metiche y opinadora.

Cualquiera diría que soy mala y malaveriguada y que, lejos de agradecer tan gentiles apreciaciones de mi congénere, siento que se me acalambra el occipucio cada vez que me topo con ella, porque sé de cierto que después de la chuleada viene la tijeretada por lo que, a su gusto y rebanado criterio, debería yo hacer o tomar muy en cuenta para mejorar.

Y por ésta, como en tantas otras ocasiones, lo de la lozana apariencia de mi mata capilar no fue la excepción, porque más se tardó la gratuita escrutadora en proferir su halagüeño comentario, que en acotar que el pelo, así como lo traía, no tan recortado, me favorecía más que el estilo que he adoptado desde tiempos inmemoriales, cuando no sin pena y con harta envidia hacia las modelos anunciadoras de champú, asumí que mi rala y fina pelambre no daba para flotar en el viento, sin conseguirme la apariencia de la bruja Escaldufa.

Es hora que no acato qué diantre de consigna redentora se ha impuesto conmigo tan observadora dama, o por qué se siente en la generosa obligación de señalar mis virtudes, como infalible prólogo para enfatizar mis defectos y escurrir sus impertinentes sugerencias. No capto su afán de resaltar mis fortalezas para enmarcar mis debilidades y aportar el remedio extraído de lo que supone su vasta sapiencia

No entiendo qué apostólica efervescencia le mueve a ejercer el caritativo oficio de andar dispensando consejos no pedidos y puntuales señalamientos “por el bien” ajeno, pero lo que es a mí, ya me enchinchó el ánimo y me floreó el bofe cual si fuera una coliflor, porque no hay resquicio de mi frondosa humanidad sobre el que no haya puesto el ojo para ensartarme, previo e infaltable elogio, sus recomendaciones sobre dietas para afinar el razonable perímetro corporal que tengo para la edad que me cargo, complementos nutricionales que acentúen el espléndido color de mis mejillas, tratamientos faciales que desvanezcan mis casi imperceptibles arrugas y tintes efectivos para las canas que ni de ver se me echan. Y líbreme Dios de hacer el más irrelevante comentario sobre la salud de quien sea, porque ya sé que los remedios para la indigestión, los antídotos para las reumas y los fármacos para las agruras llegarán en abundancia, con la admonición de que los tome yo también, solo por si acaso.

Como ejemplo más reciente y para colmar mi hartazgo al respecto, la semana pasada su observación recayó sobre mis accesorios y perifollos, para destacar con énfasis alabastrino mi collar, mas no los aretes a juego, porque resulta que a ella no le gustan los pendientes largos, y por eso yo debo usar modelos más discretos. Luego, reparó en lo bien que me sienta el color naranja del blusón que traía yo puesto; lástima de botones tan caracoleados y de hechura tan juvenil que escasa dignidad confiere a mi respetable edad. De seguir el asunto en dicho tenor, y habida cuenta de la escasa paciencia que me asiste, no sería remoto que los albos y perfectos dientes de mi observadora salieran volando hacia el infinito y más allá. 

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