Lunes, 27 de Mayo 2024

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Música de elevador

Por: Alfredo Sánchez

En un restaurante suenan canciones conocidas pero en versiones improbables. Se trata de esa tendencia que ha tenido cierto auge desde hace unos años de convertir cualquier cosa en una especie de bossanova medio jazzeado que al parecer funciona muy bien como “música de fondo”. Una música inofensiva e intrascendente que no estorba demasiado. Por supuesto no es nada nuevo. Mis primeros recuerdos al respecto vienen de muchos años atrás, con aquel sistema que se llamaba “Programusic” con el que nos encontrábamos en consultorios médicos, elevadores, tiendas de autoservicio. Una especie de papel tapiz que supuestamente decoraba los ambientes para hacerlos más agradables. “Música de elevador”, la siguen llamando algunos, aunque los elevadores ya no ofrezcan música casi nunca.

En alguna época de mi vida trabajé en un grupo de emisoras de radio, una de las cuales programaba algo similar. Se llamaba Stereo Juventud y tenía contratado un sistema de programación diseñado en Estados Unidos que incluía principalmente música instrumental. La forma como funcionaba era impresionante: una especie de sofware, anterior a las computadoras, mediante el cual se accionaban varias reproductoras de carrete abierto, una a la vez. Todo era automatizado, el sistema intercalaba música, anuncios comerciales e identificaciones de la emisora de manera prodigiosa para su época. Todo era grabado, no había locutores en vivo ni siquiera para identificar la música que se escuchaba. No hacía falta.

La música era anodina, apropiada para “decorar” las actividades cotidianas en oficinas y la emisora tenía mucho éxito, sobre todo entre sectores de buen poder adquisitivo. Pero algo más me llamaba la atención: las interpretaciones siempre eran impecables, muy buenos ejecutantes, pianistas, guitarristas, secciones de cuerdas, etcétera. Se notaba que para cada grabación contrataban a los mejores músicos e ingenieros. Algo similar ocurre hoy con esos bossanovas tan de moda. En todos hay buenos cantantes, excelentes guitarristas y bateristas. Lo malo son las canciones. En todas se pierde el filo de las versiones originales, se suprime cualquier estridencia, cualquier audacia, cualquier sorpresa. Da lo mismo que sea una de The Cure, The Police, los Rolling Stones o de cualquier otro artista, todo suena igual. Anodino.

Y entonces me pregunto qué importa más en la música ¿tan sólo que esté bien tocada y cantada o que tenga otros valores adicionales, propuesta, riesgo, inventiva, experimentación? Esas cosas que en realidad son las que definen al arte. Al arte perdurable.

¡Feliz año 2014!

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