Jueves, 09 de Octubre 2025

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Mirreyes

Por: Carlos María Enrigue

Mirreyes

Mirreyes

Pese a que hace un par de años leí sobre esta clase de criaturas en un ¡Alarma! decidí no hacer mayores investigaciones del tema; el encabezado de aquél diario rezaba: “Le sacan el mole a tres mirreyes”.

Francamente en aquél momento no supe qué carajos era un mirrey, y como no me generó mayor curiosidad, la palabra quedó ahí. Como cuando uno escucha el término “rodete”, no hay por qué buscarle más, se desconoce la palabra pero nos vale madre lo que pueda significar.

Pues bien, les digo que yo gozaba el sueño de los justos cuando recibí la visita de mis primos Paco y Poncho. A mí siempre me habían caído muy bien – aunque quizá se debiera a que los veía tan sólo una vez al año cuando íbamos a la comida que organizaban en su natal San Juan del Bramadero. Y me caían bien por silvestres, es decir, por rancheros.

Sin embargo, este año que llegaron, llegaron muy cambiaditos. Salí a recibirlos a la calle y ellos descendieron de su Ichi Van verde. Sin embargo, aquellas escenas de caballos corriendo por las grandes planicies de la América del Norte ya no estaban estampadas en sus camisas; los sombreros tejanos ya no eran más; la bota picuda – no tanto como la manejan los tribaleros - … todo había quedado en el olvido. Lo único que permanecía inmutable es que los ajuares de mis primos seguían tan apretados como de costumbre, lo que me hace suponer que tanto mirreyes como rancheros comparten un ancestro en común.

Ya le digo entonces, mis primos habían cambiado, se habían convertido en mirreyes. Se bajaron de la camioneta un par de curros que estaban pa´ patearlos. Los dos iban con unos peinados a la Justin Biber que los hacía parecer como retrasados. Me saludaron diciendo “Qué onda papaloy”, por mi parte, no hice caso de su tontería.

Paco traía puesta una playera Polo la que parecía que le habían dado esteroides al logo, la tiznadera medía como 40 cm y poco le faltaba para estar en tercera dimensión con la cabeza y el trasero de caballo y jinete asomándose por el frente y por la espalda; en el estómago un gran letrero que decía “LONDON”  - lo cual me extrañó porque yo sé que lo más lejos que ha viajado el primo es a Boca de Pascuales y nunca lo vi comprarse de esas playeras en las que sale un Garfield rojo con sombrero de marinero y dicen “Recuerdos de Colima”. Eso no era todo, si bien ya sus pantalones no eran los clásicos Wrangler que se cargaba cuando era rural, seguían tan ceñidos como torero y terminaban en un calzado, al que no sé si es correcto que denomine como babuchas de gamuza amarilla.

Por su parte Poncho venía emulando al Diamante Negro. Con un bronceado ganado a base de arar la tierra, no escondía su lozanía pues traía una camisa de lino abierta hasta el ombligo, dejando ver la tradición de la fe de sus ancestros pues cargaba un rosario que acababa con la imagen de un Cristo parpadeante. En un inicio yo creí que andaba en bolas, lo que se me hizo una falta de educación, sin embargo luego noté que sí traía un short mínimo al que llamé equivocadamente “tanga chata”, ganándome un reproche del primo. Su calzado, unos zapatos ejecutivos de cocodrilo, sin calcetín, con una punta como de saca jícamas.

Resulta que como hacía un calor del perro, como el que nos regala Guadalajara cada mayo, se me ocurrió que quizá podríamos ir a empacarle unos raspados del Parque Morelos – esto además tenía por propósito complacer a Poncho quien tradicionalmente era conocido por su afición al jarabe de grosella.

Al dar la idea para ese día, los dos hicieron caras de fastidio y me tiraron un resoplido como de mula. Sugirieron en cambio ir a Andares a dar un rol. Como ellos eran la visita, pues ni como decirles que no. A mi la verdad me daba flojera pues no tenía un clavo y eso de dar vueltas como lelo en una plaza nomás viendo, me parece una estupidez.

Pues bien, llegamos a nuestro destino y comencé a notar cómo era que mis primos no querían ser vistos a mi lado. Creo que era porque traía mi playera de los sábados que dice “FBI Female Body Inspector”. Cada uno de ellos jugaba culebrita con su smartphone porque ni uno de los dos traía saldo en su amigo y parecían muy ensimismados. La cosa es que me fueron abriendo.

Como nadie traía feria, nos sentamos en un restaurante de pizzas y pedimos unas papas a la francesa para todos, cuidando mucho de no comer rápido pues si no, nos iban a largar. En la mesa de al lado estaban unas niñas de no malos bigotes, a quienes mis primos se refirieron como “lobukis” (situación que me complicó la vida pues yo los únicos lobukis que conozco es a la banda liderada por Marco Antonio Solís).

Finalmente, tras mucho coqueteo, Paco se paró y las empezó a cotorrear. Platicaban de una tal Carolina Herrera, a quien no tengo el gusto. En eso, una vez que estuvo asegurado el ligue, le gritó desde tres metros de distancia a su hermano “¡Poncho papawh! Vente con las chulas”.

Aunque a mi no me hubieran hablado yo de todas formas me afané. Estuve ahí soportando sus tonterías un buen rato hasta que alguien sugirió que era buena idea ir a ver la de Men in Black III. Ahí sí me negué, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Abordé el camión de la ruta 635 y me fui de la plaza, ignorando si es que de ese ligue mirreyes – lobukis surja algún día algo de provecho.

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