Un buen día llegó, se coló en casa sin permiso, hizo dos o tres gestos de bestia desvalida y se acomodó en mi cama y en mi corazón que ahora maúlla de gozo con su retozona compañía. Mi hija, la que canta bien bonito, la bautizó con el pomposo nombre de Grizabella, en honor a la felina protagonista de la obra musical Cats, y desde entonces, el esponjoso ejemplar de pelo rayado y ojos intensamente azules se pasea entre nosotros haciendo lo que le da su regalada gana, instalándonos un constante y desmedido pendiente por su bienestar y paradero. Lo curioso es que, cuando mi anterior mascota perruna dejó este mundo, tras 16 años de hacerme fiel compañía, juré por toda el arca de Noé que nunca en mi pesarosa vida acogería a ninguna especie doméstica más, ni siquiera a uno de esos pececillos autistas que viven suspendidos en medio vaso de agua porque, aunque dicen que son seres inferiores en la escala de las criaturas, los canijos se vuelven prioridad en nuestros afectos que se nutren con su presencia y se desgarran con su ausencia. Dicen que los gatos no tienen amo, sino asistente, y que me pregunten si sería yo capaz de refutar dicha afirmación, cuando desempeño jubilosa dicho rol. Pero observando a Grizabella, con sus inopinados caprichos y veleidades, he caído en la cuenta de que en realidad, y muy a mi pesar, estoy albergando en casa a una metáfora viviente de la fauna más detestable del planeta. Basta observar los perezosos movimientos con que la susodicha deambula por la casa, la displicencia con que nos mira, la nula atención con que gratifica nuestros reclamos y la cachaza con que se queda dormida en cualquier sillón, a cualquier hora del día, para darme cuenta de que es la viva y peluda representación de un diputado. Pasa horas atusándose con esmero, ejercitando sus mejores poses, dejándose fotografiar cual si fuera la estrella del momento y cediendo gustosa al apapacho de extraños que de pronto se vuelven su centro de interés, aunque sabe que no los volverá a ver en su gatuna vida. Cada vez que se digna reparar en mi existencia, se me acerca melosa y ronroneando, como haciéndose la simpática, ensayando el más seductor de sus maullidos e instándome con sus gracias para obtener lo que quiere, no puedo evitar la desgraciada comparación de mi inocente espécimen con un candidato en campaña porque, casualmente, en cuanto obtiene de mí lo que quiere, me vuelve a sumir en el anonimato y me aplica el infalible recurso de la impelación (no me pela, pues). Es altiva, acomodaticia, interesada y ladina; nada hace por granjearse la subsistencia, pero es muy hábil para gestionar lo que le conviene y sabe aparecer en el momento justo para hacerse la graciosa y salirse con la suya, incluyendo sus demandas para que le franqueemos el paso nocturno a la azotea, en donde se reúne a debatir con sus homónimos, en sesiones que indefectiblemente culminan entre mordiscos, arañazos y tandas de alaridos que nos hacen desear su exilio. La única diferencia es que a Grizabella, con todas las arbitrariedades que conlleva su estirpe, la quiero nomás porque sí y porque su retrato no se me anda apareciendo a cada paso que doy, ni me promete nada a cambio de mis favores.