Se están muriendo las abejas, relata Alex Morris en un artículo que conocí por mi hijo Daniel. Describe la crisis de una familia de Estados Unidos dedicada generaciones atrás a la apicultura, y cómo comenzaron a disminuir drásticamente sus colmenas desde 2006. La causa: la contaminación, el uso de pesticidas, plaguicidas, y ciertos químicos que grandes gigantes corporativos introducen en los campos de cultivo que las abejas polinizan.El texto, en inglés, es una severa llamada de atención para las autoridades estadounidenses responsables del medio ambiente (Environmental Protection Agency, EPA), para cuidar la sobrevivencia de estos insectos que son parte esencial de la cadena alimenticia humana http://goo.gl/NOXBoh, no sólo por la miel que depositan en sus panales, sino por los alimentos que hacen posibles gracias a la polinización. La dependencia humana respecto de las abejas es grande: nuestra posibilidad de sobrevivencia se pone en riesgo si se extinguen. Trinidad Terrazas o “la Tía Trini”, tapatía con orígenes sonorenses (como yo, por mi lado Otero), empresaria de la industria de la miel y la salud alternativa, dice: “Esto es un problema muy serio para la Humanidad”. Esperemos que haya eco local e internacional a los reclamos de prohibir esos componentes de productos agroquímicos que causan daños en el presente y el futuro de las abejas.La falta de las luciérnagas o candelillas de pastor, como las llaman en Italia, también es señal de que las cosas no marchan bien en nuestro cuidado del medio ambiente. En la primera entrega de esta columna, dedicada al extrañado Germán Dehesa, en septiembre de 2010, les decía que las luciérnagas son un escudo contra la oscuridad total. Una pequeña luminaria que puede acompañar mientras la oscuridad crece, antes de que nos atrape el temor.Luego explicaba la metáfora extendida a las ciudades: “Yo quisiera ver luciérnagas en vez de calles tomadas por presencias que me dan a entender que ahí no manda el derecho, lo que es recto, sino lo contrario.” Y expliqué: “…había dejado de transitar por esas calles más o menos céntricas de Guadalajara, pues tuve que vivir lejos los días laborables. Ahora, he visto barrios enteros habitados no por un espíritu de fiesta precisamente, sino por personas y grupos que intimidan y expulsan a los ciudadanos de sus propias calles. ¿De quién son las esquinas, las plazas y los parques?”Desde ese 2010, estoy de regreso. Me tocará pronto ser pastora de luciérnagas como regidora, con el equipo de Enrique Alfaro en Guadalajara y mis demás compañeros en el Cabildo. Esta columna se despide por ahora de ustedes, queridas y queridos lectores y les agradezco haberle dado cabida. Gracias a EL INFORMADOR (Carlos, Jorge, Diego y mis cuates de los viernes) por haber acogido la Luciérnaga ciudadana. Pondré toda mi capacidad en trazar acuerdos, dialogar, sostener decisiones difíciles, imaginar y crear en equipo, resistir ante las críticas, y hacerlo con alegría, por esas luciérnagas, primas hermanas de las abejas.