Las revelaciones de Snowden sobre espionaje masivo por parte de USA ha abierto un escandalizado debate sobre nuestra pérdida de libertades en nombre de una supuesta seguridad. Sin embargo, algunos de los mayores logros del progreso en los países democráticos han seguido precisamente esa vía: la no por casualidad así llamada “Seguridad Social” y la educación universal son forzosas y progresistas… Cuando apenas existían automóviles, no había leyes de tráfico ni guardias para poner multas, pero se hicieron necesarias para mantener la seguridad en cuanto la red viaria aumentó en cientos de miles de unidades y la capacidad de correr se hizo peligrosa… Siempre que se discute sobre los excesos de vigilancia del Gobierno sobre los ciudadanos sale a relucir el Gran Hermano descrito por George Orwell en su famosa distopía 1984. Suele pasarse por alto que el control del Gran Hermano de Orwell se ejercía para impedir libertades democráticas de asociación, expresión y creencias, no para la seguridad de los ciudadanos. No parece que las formas de cibervigilancia que padecemos en los países democráticos (evidentemente el caso de China, Cuba, etc… es distinto) restrinjan las libertades cívicas fundamentales, sino que hasta ahora sólo sirven –cuando sirven para algo– para combatir delitos contra la propiedad intelectual, la pederastia y detectar redes terroristas (tarea, por cierto, en la que hasta ahora no puede decirse que hayan tenido siempre éxito). Por otra parte, todos queremos libertad para nosotros mismos –que como se sabe somos personas decentes e inofensivas– pero no para quienes roban (por eso tenemos cerrojos y alarmas en nuestras casas), ni para los que asaltan bancos y almacenes (donde nos parecen oportunas las cámaras de vigilancia y los guardias de seguridad), ni los que raptan niños (protección en las escuelas y en los parques infantiles) ni para quienes utilizan la red para tender celadas sexuales a los adolescentes… ni por supuesto para quienes planean cometer atentados terroristas. Lo cual desde luego no legitima todas las medidas que hoy pueden tomar los gobiernos para controlar datos y comunicaciones en internet. Sobre todo aquellos procedimientos que trasgreden la soberanía de otros países y no respetan ni siquiera a los organismos internacionales. Cualquier política de cibervigilancia debería dotarse de normas claras (tanto legales como deontológicas) y tendría que estar acordada al menos entre los estados que comparten planteamientos democráticos semejantes. Pueden quedar secretos los resultados de lo que las agencias gubernamentales de vigilancia están haciendo (forma parte de la eficacia de su cometido) pero debe quedar institucionalmente claro en qué consiste eso que están haciendo y que responsables autorizados se encargan de gestionar un material tan sensible y propenso a inadmisibles abusos. Aunque la mención del Gran Hermano sea recurrente entre quienes confunden a George Orwell con Mercedes Milá, puede que la metáfora más adecuada para la polémica entre libertad y seguridad sea la de la batalla entre dioses en el Olimpo político de la que habló Max Weber. Cada uno de esos valores esenciales, a fin de cuentas, no puede ser definido sin ser puesto en relación con el otro aunque sea difícil conciliar los respectivos ideales. La cuestión es aquella que hace siglos planteó Juvenal en la Roma de los Césares: “y… ¿quién vigila a los propios vigilantes?”. Zaid es riguroso y crítico, pero no amargado. Confía en que es muy factible hacer cosas pequeñas, modestas y cotidianas que pueden ser detonadoras de otras muy importantes: la libertad de espíritu, la creatividad, la lectura y los espectáculos que nutren, esa conversación permanente de los vivos y los muertos que es la cultura Pueden quedar secretos los resultados de lo que las agencias gubernamentales de vigilancia están haciendo (forma parte de la eficacia de su cometido), pero debe quedar institucionalmente claro en qué consiste eso que están haciendo