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Lunes, 21 de Enero 2019

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Las falsas expectativas con la Sub-17

Por: Martín Casillas de Alba

Las falsas expectativas con la Sub-17

Las falsas expectativas con la Sub-17

Tanto los cronistas del Mundial Sub-17, como el Presidente Felipe Calderón Hinojosa, parece que han tratado de darnos gato por liebre, equiparando los goles fortuitos e improvisados de unos jóvenes futbolistas talentosos, con otras ideas en donde aseguran que “después de este triunfo México no será el mismo”, confundiendo de esta manera la magnesia con la gimnasia e intentando sustituir la ineficiencia, la incultura y el caos, es decir, las peras con las manzanas de la discordia, para convertir el triunfo de un equipo de futbol juvenil —bien merecido— en algo que va más allá de las fronteras del deporte, como si una cosa tuviese que ver con la otra, como si un triunfo, estrictamente en la cancha de futbol, viniese a sustituir los fracasos de un país que, en realidad, nunca más volverá a ser lo que era, copados como estamos ahora por la violencia, en medio de una guerra sin fin en donde el crimen organizado, el narco y sus bloqueos —como el que acabo de ser testigo en Morelia— se han desbordado y los asesinatos indiscriminados en Monterrey o ahora en Ixtapa se convierten en la noticia de todos los días. Por desgracia, en ese otro ámbito, no se tienen los 90 minutos como los que se tienen en la cancha, sino que es más bien una pesadilla que no se acaba nunca, y con todo y esto nos quieran dorar la píldora con la idea de que por haber ganado una copa mundial, todo va a cambiar. Mejor poner las cosas en su lugar y aceptar el fracaso o la impotencia de un Gobierno y una sociedad que no ha sido capaz de negociar los cambios estructurales económicos, sociales y políticos y que sólo nos ofrece un futuro incierto, en donde todo es cuestión de tiempo para que se desmorone una sociedad que ha pulverizado su escala de valores y no ha sabido contener a sus hijos que abandonan todo, aunque implique la muerte temprana, yéndose como conejos lampareados con la ilusión de ganar dinero fácil y pronto, y creer tener ese poder que dan las armas y la droga, sin importarles estar en las profundidades del averno con una vida breve, como una luz de bengala. Todos nos divertimos en medio del griterío y la excitación mientras la raza vitoreaba “¡México, México, México!” por 90 minutos, unas disfrazadas de vaina de chicharito —versión escultórica más bien fálica— y, otros, con máscaras de luchadores y todos gritando al unísono “¡Pu...!”, cuando el portero uruguayo despejaba la pelota. El “sí se puede” del futbol no deja de ser una falsa expectativa de un país ensombrecido por la violencia que hasta hace poco vivía a pleno Sol.

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