Lunes, 20 de Octubre 2025

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Las Memorias de Cosío Villegas

Por: María Palomar

Las Memorias de Cosío Villegas

Las Memorias de Cosío Villegas

Daniel Cosío Villegas murió a principios de 1976. A finales de ese año se publicaron sus memorias (Joaquín Mortiz), a cuya redacción dedicó los dos últimos años de su vida. A la distancia, su lectura resulta interesante. Sus ensayos clásicos sobre el sistema político que le tocó vivir y los artículos que publicó en Excelsior en sus últimos años lo consagraron como el crítico más importante (junto a Vasconcelos) del Estado mexicano. También por unos pocos meses no asistió al desplome del Excelsior por obra de Echeverría, personaje con quien mantuvo una curiosa cercanía, siempre erizada de recelo y de un discreto pero clarísimo desprecio. Cosío Villegas era enormemente lúcido, pero también extraordinariamente cauto, en tanto cuanto lo consideraba necesario para hacer las cosas que debía.


Cosío Villegas fue un hombre que hizo muchas, muchísimas cosas que consideró su deber hacer. Las Memorias lo cuentan con detalle y con fruición. Se empeñó en ser el primer economista académicamente capacitado del país y se ocupó de ésa y otras disciplinas recientes, como la sociología, que era necesario introducir en México para empezar a entenderlo en términos contemporáneos. Tuvo para ello que aprender idiomas, tuvo que pasar estrecheces como estudiante modesto en el extranjero. Dio clases, fundó revistas, publicó libros; a él se debe la existencia del Fondo de Cultura y El Colegio de México; él sugirió recibir a los intelectuales españoles que corrían peligro en la España de los treinta; fue embajador de México ante distintos organismos de la ONU y, en general, trató de desasnar en lo posible un país regido por los caciques, las balas y la corrupción “revolucionarios”.


Todo eso lo cuenta don Daniel en sus Memorias. La paradoja es que, habiéndose dado a la escritura autobiográfica, se muestre en ella tan hermético en cuanto a sí mismo. Es rarísimo que alguien con la sensibilidad cultural que muestran sus preocupaciones por educar, publicar, fundar instituciones y criticar la vida pública no dedique ninguno de los catorce “tramos” en que divide sus Memorias a escribir ni sobre literatura, ni sobre música o alguna otra de las bellas artes, ni mencione autores o lugares o paisajes favoritos, ni sus gustos en general o en particular. Se diría que Cosío Villegas nació por partenogénesis de la Constitución del 57 y la República restaurada (su Arcadia personal, según Krauze). Cuenta poquísimo de su mundo familiar. No se esmera en el estilo: su prosa cumple, punto. Su única pasión es civilizar a México, pero es una pasión que no produce en ningún momento las licencias líricas, los estallidos de ira (o los destellos de genio) de un Vasconcelos, por ejemplo.


Pese a toda esa impasibilidad, don Daniel se permite ciertos guiños que dejan vislumbrar algún asomo de vida interior. Y suelen ser descripciones muy serias, pero que rozan la caricatura, de personajes y personajillos (Calles, Echeverría, varios diplomáticos –incluyendo cancilleres– y muchos altos funcionarios) que la historia de bronce todavía quisiera hacer creer que fueron respetables. A pesar de ellos, y soterradamente contra ellos y por México, trabajó con increíble denuedo toda su vida Cosío Villegas.
 

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